Cerebro y Mente: ¿Centro o Frontera?

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El tema cerebro-mente, convoca actualmente una candente discusión científica, con gran diversidad de posturas epistémicas e interpretaciones ontológicas. Predomina una visión centralista, tanto del cerebro cuanto de la mente, que estaría basada en el horizonte ontológico-epistemológico “substancialista”, de la tradición.

La superación del substancialismo en el siglo XX, de la cual participó Zubiri, permite ver la realidad como procesos dinámicos de respectividad comunicativa diferencial de toda estructura respecto de las otras estructuras. La evolución de estas dinámicas de interfase, habría hecho aparecer la frontera de la vida como membrana de transporte material-energético e informacional. Esa frontera transformó el interior en medio vital interno (organismo) y el exterior en medio vital externo (nicho), como sensibilidad discriminante de estímulos de conductas, constructivas del propio organismo (autopoiesis), al tiempo que del propio nicho ecológico (heteropoiesis).

La evolución transformó la sensibilidad en inteligente, deviniendo la diferencia propio/ajeno sensorial en distinción de lo otro -como algo “en propio”- respecto del alguien “propio”. La <inteligencia es una dinámica en la frontera> de comunicación informativa, que actualiza el medio como cosas reales, con consistencia propia persistente, que permite constituir al objeto, mentarlo, denominarlo y transformarlo. Y actualiza epigenéticamente al individuo orgánico práxico como sujeto personal. Esta dinámica comunicativa mental es realizada por el cerebro, derivado de la piel.

Ponencia en el III Congreso Internacional Xavier Zubiri, realizado en Valparaiso, Chile, en Agos.-Set. 2010

La enorme mayoría de los autores perciben al cerebro y a la mente como centros, de origen funcional del organismo, y de producción de conducta sobre el medio externo. Esta visión centralista se funda en la percepción substancial de la realidad, vigente desde Aristóteles hasta finales del siglo XIX. Esa visión, como horizonte ontológico general, ha permeado la elaboración teórica de todos los campos de la realidad, por su fuerza configurante de lo que percibimos en nuestra vida ingenua. Hans Jonas, en “El principio vida”, al hablarnos de ella como “sistema de relación constituido conjuntamente por el organismo y el entorno”, nos dice: “el concepto clásico de sustancia, cerrada en sí misma e inactiva, (...) no es (...) una extravagancia histórica, sino la captación perceptual de la verdad perceptiva”. “Liberar al <<ser>> de esta cautividad en la <sustancia> es uno de los principales objetivos de la ontología contemporánea”.

Para la concepción substancialista, la esencia interna del ente, subyacente a sus cambios y a sus relaciones con otros entes, constituiría la identidad permanente del ente, su “en sí” esencialmente estático y atemporal, capaz de operar como causa de efectos externos sobre otros entes o recibirlos de ellos. En esta concepción, los entes complejos, serían fruto de una composición aditiva de entes simples, elementales.

Esta visión “cosística” u objetivista de la realidad, aún con muchas vicisitudes, permaneció inalterada hasta la segunda mitad del siglo XIX, siendo denunciada entonces y a todo lo largo del siglo XX. Unas veces como falsa ontología. Otras como reducción ontológica de unos niveles a otros. Y aún otras como error epistemológico, por tomar como auténtica realidad los productos objetivados o reificados de los procesos cognitivos.

En el XIX, el darwinismo postuló el origen evolutivo de las especies vivas. Hoy, todas las ciencias perciben las estructuras como frutos epigenéticos de procesos trans-formativos, generadores de un tiempo irreversible, con aparición de nuevas formas de realidad por causalidad emergente, cuyas nuevas propiedades son inherentes sólo a la totalidad. Esto lo resume la frase de Whitehead (de 1929): “No hay cosas, sólo procesos.”

Otro golpe al substancialismo en el XIX fue el estudio de Maxwell de los flujos y campos eléctro-magnéticos, entidades que no son cosas, ni auténticos objetos. Un campo es un ámbito topológico de dinámicas sistémicas, que configuran estructuras locales, por ruptura de la propia homogeneidad dinámica del campo, por la acción de atráctores. Hoy el concepto de “campo” es fundamento en todas las ciencias. Desde el “campo quántico” para la aparición de la materia, hasta el “campo morfo-genético” en biología, para la aparición de las formas orgánicas (Brian Goodwing). En el último quinquenio, el campo somático se ha mostrado determinante de la operatividad de los genes: de su activación, su inhibición y su combinación, y no un mero efecto de la acción génica.

Nos movemos hoy en una ontología de sistemas dinámicos campales, que hacen aparecer evolutivamente unidades estructurales “supra-estantes”, como señaló expresamente Whitehead y luego Zubiri. Es la ciencia de la complejidad de los sistemas auto constructivos: desde los “sistemas disipativos” de Prigogine, auto-organizando la materia física, hasta la “autopoiesis” de Varela constructora de la vida, o la autoorganización de la sociedad y la persona para Niklas Luhman y el propio Zubiri.

El conocimiento crítico del objeto nació con Grecia, pero la crítica epistemológica es muy tardía en la historia de la humanidad y en la psicología evolutiva. El conocimiento crítico del conocimiento es deconstructivo, desde lo que parece ser lo que aparece, hasta su proceso de aparición, superando el realismo ingenuo. El criticismo de Kant lo superó respecto del objeto de conocimiento, que pasó a ser fruto de la construcción categorial desde las formas del sujeto trascendental, pero no cuestionó la preexistencia sustantiva de éste, sino que la reafirmó como centro de producción de sus objetos, que serían representaciones de la postulada realidad exterior dentro de su conciencia.

Esta solución creó multitud de aporías; entre ellas el “modo de estar presente” la representación en la conciencia, y el ante quién está presente. Otra aporía es la misteriosa concordancia de las formas mentales internas con las cosas del mundo exterior. ¿Cómo es tan efectivo nuestro manejo de la realidad exterior, si conciencia y realidad son reinos inconmensurables? En palabras de Whitehead: “Las doctrinas clásicas de universales y particulares, de sujeto y predicado, de sustancias individuales (…), de la externalidad de las relaciones, hacen insoluble este problema de la solidaridad del universo.”

El idealismo también originó las aporías de la conciencia reflexiva, del “sujeto apareciendo al propio sujeto”, para que éste adquiera el carácter objetivo que le otorgue existencia real. Esto fue denunciado por Hume, al decir: “Siempre que penetro más íntimamente en lo que yo llamo mí mismo, tropiezo (…) con una u otra percepción particular. Nunca puedo atraparme a mí mismo (…) y nunca puedo observar otra cosa que la percepción”. Hume tiene plena razón, porque sólo los ob-jetos son ob-servables, esto es, estar delante del sujeto. El problema es que Hume continúa “Es posible que (alguien) pueda percibir algo simple y continuo a lo que llama su yo, pero yo se con certeza que en mí no existe tal principio”. Hume constata que él, como sujeto observador, no encuentra “su propio yo” observado. Y de aquí concluye que “su yo” no existe. Vuelvo a darle inicialmente la razón, “el yo” no existe. Pero yo existo; el propio Hume dice “yo se con certeza”. Los pronombres personales son deícticos, indicadores que señalan la respectividad a un sujeto personal; no pueden ni deben sustantivarse. Aquí cabe la crítica de Hans Jonas, sobre los modos contrapuestamente diferentes de hacerse presentes el objeto y el sujeto. Con sus palabras: “la aparente prioridad de la constancia del objeto de percepción sobre el actuar ocasional sobre él, constituye una inversión de las relaciones genéticas reales”. “El carácter que en general resulta desplazado es el de la fuerza (de interacción) que no es un datum, sino un actum, por lo que no puede ser <<vista>> -es decir, objetivada- sino solamente experimentada desde dentro, al ejercer (la acción) o al sufrirla”. Y sigue: “el concepto y la idea heredan de la percepción el modelo ontológico de objetividad, forjado por ella”. Esto, desde Piaget, es una verdad plenamente constatada en psicología y epistemología genéticas.

Todos estos problemas aparecen redoblados, desde el mismo Descartes, cuando la conciencia y la mente, pensadas como substancias, son adscritas al interior del cerebro. Es el problema insoluble de la presencia de representaciones icónicas de la realidad exterior en los circuitos neuronales. Y es el problema de regresión al infinito del “sujeto cerebral” -sea homuncular o no- como lector e intérprete de las representaciones cerebrales. Y es el problema de la ubicuidad del sujeto y de la conciencia en algún lugar del interior del cerebro, ya que el “problema difícil” recae en comprender cómo la activación de circuitos electroquímicos, hace aparecer, el sentimiento subjetivo de la presencia de lo otro y de uno mismo en una acción transitiva. Y es el problema irresuelto de los qualia subjetivos, dado que estos no tienen existencia objetiva ni dentro ni fuera del cerebro. El objetivismo no resuelve estas aporías.

En el seno de la filosofía y la antropología filosófica, el substancialismo de la conciencia se fue superando desde Dilthey, quien consideró la presencia de lo vivido, como <siendo presente “en” la vida misma, “para” la propia vida>, y no como la presencia de representaciones en la conciencia para el sujeto trascendental. Esto fundamentó su concepto de “vivencia”.

En la saga de Dilthey, Husserl contribuyó a la superación del substancialismo del sujeto y del objeto, develando el “fenómeno de conciencia” como relación intencional constituyente tanto del polo noético, cuanto del noemático. En esa línea, Heidegger niega la existencia sustantiva de “la conciencia”, y la del objeto, al cual reemplaza por la manifestación de sentido “en y para” la existencia. Y elimina al sujeto sustantivo preexistente, reemplazándolo por su famoso Dasein, el “ser-ahí”, “en-el-mundo”, como pura apertura de comprensión del sentido (Lichtung). Aquí resuena la vivencia de Dilthey.

Pero con Heidegger surgen dos aporías. Al cuestionar la realidad como objeto “en sí”, ella desaparece, y al eliminar al “sujeto kantiano a priori”, ya no hay sujeto alguno. Lo último fue denunciado tempranamente por Levinas, y ambas aporías fueron superadas claramente por Zubiri. La filosofía de este último, dentro del realismo crítico post-idealista y post-substancialista, permite entender, desde un cierto tipo de constructivismo, el surgimiento del objeto, del sujeto y de la aprehensión consciente desde la misma constitución dinámica de la realidad matérica.

En “Sobre la esencia”, describió lo real como unidad constitutiva de su estructura, emergiendo desde la mutua dinámica de respectividad de sus notas. Para Zubiri, respectividad no designa co-rrelación, sino mutua co-determinación de los elementos de la estructura, definidos por la unidad estructural. Esa respectividad no es sólo interior, sino que cada unidad, qua unidad, es trascendentemente respectiva a las otras unidades del campo de lo real. “La mismidad es una mismidad comunicante”, nos dice Zubiri (R.R. 207) 

En Estructura Dinámica de la Realidad, mostrará el carácter evolutivo de esa apertura comunicativa de la realidad, que va “dando de sí” nuevas estructuras y nuevos niveles ontológicos. Con ellos, van apareciendo nuevos modos de comunicación diferencial de lo real. Nos dice Zubiri: “Cada cosa es <su> forma y modo de realidad. El <su> significa no sólo ser propio de la cosa, sino ser suyo a diferencia de otras formas y modos de realidad que no son la suya.” (R.R. 208) Esa “apertura de lo real (…que es) un momento físico de comunicación”, se hace explícita en el acto de co-actualización de la sensibilidad animal y de la inteligencia-sentiente humana. Para Zubiri, la inteligencia humana, como actualización de lo real, habría surgido por complejización de la mera sensibilidad animal. Veamos como condice esto con la actual visión científica.

Desde la actual visión sistémica, todo se construye por delimitación dinámica de una estructura respecto de su entorno. <Lo que aparece es fruto de la diferencia y la distinción.> Niklas Luhmann, en “Complejidad y Modernidad” nos dice: “La teoría relacional tiene problemas con la identidad y la diferencia. La teoría de sistemas parte siempre de que la identidad es constituida mediante una diferencia con el entorno.” A su vez, como señalara el lógico-matemático Spencer-Brown (en su libro “Laws of Form”), y mostrase experimentalmente la “Psicología de la Gestalt” a principios del pasado siglo, el límite físico de la estructura, es el mismo que aparece como distinción individualizable en la percepción o en la cognición. Merleau-Ponty, en “Lo visible y lo invisible” dirá: “Hay que entender la percepción como diferenciación”.

La vida: Desde que von Bertalanffy, en los 50, definiese al organismo como “un sistema abierto al medio, con el cual intercambia energía, materia e información”, quedó clara la importancia de la frontera del organismo, la “membrana” biológica.

En palabras de Gilbert Simondon: “lo vivo vive en el límite de sí mismo, sobre su límite (...). La polaridad característica de la vida se encuentra en el nivel de la membrana; es en ese lugar donde la vida existe de manera esencial como un aspecto de una topología dinámica, que mantiene ella misma la metaestabilidad por la cual existe. Todo el contenido del espacio interior está topológicamente en contacto con el contenido del espacio exterior, sobre los límites de lo vivo”. “El tránsito de lo pre-individual al individuo es un momento auténticamente genético, donde la membrana se constituye en el lugar del acontecimiento”.

La membrana biológica es una “frontera”, una interfase dinámica que incorpora y excorpora materia y energía, para la autoconstrucción de la vida. Esta actividad fronteriza de comunicación diferencial construye el sub-sistema orgánico, al tiempo que construye al sub-sistema del nicho ecológico, dentro del “campo de la vida”. La membrana es la dinámica di-ferenciadora misma del ser vivo, como comportamiento constructivo anti-entrópico, co-estructurante de las dos caras del sistema bipolar de la vida, el propio organismo y el nicho ecológico apropiado. La vida es “autopoiética”, al tiempo que “heteropoiética”.

Ahora bien, para cumplir su papel de transporte discriminante, la membrana tiene necesariamente que distinguir al mismo de lo otro, y distinguir lo constructivo de lo neutro y de lo destructivo. La frontera-membrana es necesariamente una interfase de “sensibilidad informativa”. <Aparece la sensibilidad, como característica esencial de la vida.>

Con la complejización evolutiva, las tres funciones de la membrana separar, transportar y comunicar, se fueron especializando, y la sensibilidad respecto del nicho, quedó adscrita a la piel  y sus especializaciones, los órganos sensoriales, todos derivados del ectodermo, la superficie fronteriza embrionaria, origen también de las primeras neuronas, en los celenterados, y luego del mismo cerebro.

La frontera informativa: La frontera sensible registra el estímulo ambiental como “signo” informativo “del” nicho “para” la vida, “en” la propia frontera. Ese registro informativo del estímulo incidente es la sensación, que hace presente “en y a” la vida lo otro como señal, y al propio organismo como estimulado. Estimulado a realizar la conducta vital implicada en esa correlación sensible. <Un signo es la co-presencia sentida de un indicio operador del nicho y del organismo tendencialmente autoconstructivo, dentro del sistema de conducta específico, como organización del campo de vida.>

Para el animal no hay cosas subsistentes ni sujeto subsistente, fuera de la relación conductual estímulo-respuesta. Postular esto es la visión objetivante, que sustantiva una parte del sistema (el organismo), como causa de un efecto (la conducta), ejercida sobre el nicho, supuestamente preexistente. Esa percepción substancialista es falsa, aunque perviva en gran parte de la actual neurociencia. Damasio, por ejemplo, asegura que “los organismos (…) producen comportamiento”. (Este error aparece en su libro “El error de Descartes”, 111) Para Buytendijk y los etólogos actuales: <el sujeto de la conducta animal es la estructura comportamental de la especie>, no el cuerpo o el organismo animal.

Sigamos: la información sensible aparece ya con carácter  afectante. Algo del nicho ecológico estimula al individuo vivo sólo si afecta a su vida. En palabras de Hans Jonas: “sólo gracias a que es sensitiva puede la vida ser activa. Al ser afectado por un elemento ajeno es cuando el afectado se siente a sí mismo; su mismidad resulta estimulada (...e) iluminada sobre el trasfondo de la aliedad del <fuera>”. La sensibilidad hace manifiesta, en el campo de la vida, la diferencia física interior/exterior, ahora distinguida como deslindamiento vital interno/externo; transforma la diferenciación física en distinción y discriminación biológico-conductual propio/ajeno. Lynn Margulis, famosa especialista en evolución celular, nos dice: “las primeras membranas (fueron) las primeras barreras semipermeables que distinguían <dentro> y <fuera>, la primera distinción entre propio y distinto.” Estas diferencias estructurales interior/exterior e interno/externo o propio/ajeno, son diferencias topológicas del campo espacial, construidas por delimitación dinámica.

Esta co-presencia, propio/ajeno, se hace presente “en” la misma frontera diferencial, como mutua presencia distinguida. Señal y sensación, son “presentaciones respectivas”, no una re-presentación del exterior en el interior. La vida no existe dentro del organismo, es el sistema comportamental de comunicación-diferencial organismo/nicho ecológico. Lo afectado por los estímulos no es el cerebro, ni siquiera el animal, sino la correlación sensible animal/nicho. Lo presente es la respectividad “sensación de hambre interna/estímulo alimenticio externo”. En el animal, el estímulo alimenticio no existe sin el apetito de alimento. Otra cosa es que el individuo siente y se siente “a través” de regiones de su frontera, sus órganos sensoriales y el sistema nervioso, como frontera formalizadora de la información. El sistema nervioso, incluido el cerebro humano, es también un derivado ectodérmico, la frontera exterior, que se invagina dentro del embrión. ¡El cerebro es parte de la frontera! Es una interfase dinámica de transporte diferencial de información, de fuera a dentro y de dentro a fuera. La sensación es fruto de una construcción diferencial “en” la frontera. Es lo que quiere decir Zubiri con actualizar, “hacer presente en la acción”, con el mismo sentido con que usa Varela “enaction”, en su libro “The embodied Mind”. Esta postura epistemológica percibe a la sensibilidad, y luego a la inteligencia humana, como frutos de la diferenciación que distingue, y no por la reducción de lo otro a lo uno, como ha postulado el conocimiento desde la perspectiva substancialista, hasta la actual teoría de la mente.

Aparición de lo mental consciente: Si el cerebro es frontera y no centro productor de vida, lo mental (un adjetivo), y no la mente (un sustantivo), se refiere al modo de hacerse presente, explícitamente, el campo de la vida humana como ámbito informacional. La dinámica topológica auto-diferenciante de los polos de la vida (organismo y nicho), se hace presente en la frontera sensible como “habitud”. En la vida animal ella aparece como diferencia entre estímulo y tendencia apetitiva, presente como sensación cuando ella es estimulada. Por evolución complejizante de la frontera, en el ser humano la sensibilidad deviene inteligente. Esto quiere decir que la diferencia de la respectividad impresiva, se co-actualiza distanciada, discriminando entre mi propia unidad operativa (la propia acción del niño) y la unidad propia de cada otra unidad operativa que me estimula (la permanencia de lo manipulado más allá de la acción del niño). El estímulo ha devenido “algo” y el propio organismo sentiente ha devenido “alguien”. (En inglés “something /somebody”)

Las unidades discretas, que configuran estructuras consistentes y persistentes en la interrelación conductual operatoria aparecen, en la sensibilidad humana, como siendo realidades por sí mismas previas a su percepción, como señalaron Piaget, Merleau-Ponty, Zubiri y muchos otros. Estas unidades pueden ser identificadas y re-conocidas como las mismas, en los cambios de locación o de apariencia. Ya no son estímulos, sino cosas, sean estimulantes o no. El nicho ecológico humano deviene mundo de cosas reales “de suyo”, en relación con alguien real “en propio”. Ha aparecido una nueva “habitud”.

En su antropología filosófica, Gehlen dice: “la constancia y la transposicionalidad (…) son las condiciones para que el hombre pueda ver cosas”. Esta manifestación intelectiva de lo que hay, como siendo seres independientes dentro de sus correlaciones constituyentes, permite al ser humano no estar atado al estímulo. Aparece la posibilidad de la libertad conductual frente a él. [Esto se pierde en la patología del lóbulo pre-frontal]. Con ello aparece también la condición de posibilidad del lenguaje humano. Sólo las unidades persistentes re-conocibles pueden ser denominadas. Y hace aparecer la imaginación desfuncionalizada (como le llama Castoriadis), desligada de las funciones biológicas, lo cual permitió el surgimiento de lo simbólico y la abstracción. “El símbolo es un designador”, como señaló Cassirer, no una señal operativa como el estímulo. El campo de vida sentido por el hombre es un ámbito simbólico, al cual designamos con el sustantivo mente. Pero lo mental no es más que ese modo de presencia de todo lo vivido como significado y sentido, que abarca tanto al objeto, destacado como figura dentro del fondo del campo real, cuanto abarca al propio sujeto, destacado como el propio actor respecto de la ajenidad de lo otro. Este es el “Círculo de la forma”, descrito con gran rigor neurológico y filosófico, ya en 1937, por Víctor von Weizsäcker, que integra tanto a la percepción como a la motricidad, las cuales hacen presentes alternativamente -principio de la puerta giratoria- la primera al objeto y la segunda al sujeto.

En el niño, la inteligencia pragmática preverbal, de la conducta operativa del primer año,  construye las permanencias correlativas del objeto y del sujeto (pragmáticos), lo cual hace aparecer al lenguaje, y ulteriormente la capacidad de “mentar” algo que no está físicamente presente, y poder pensar sobre ello, esto es, hacer operaciones lógicas y esbozos imaginarios de lo que podrían ser las cosas y uno mismo. Con esto, la dinámica presente de la vida humana -el individuo, su situación y la mutua correlación (yo estoy aquí hablándo-les)- se puede hacer explícitamente presente -en la misma vida-viviendo- como entidades reales realizándose (yo, ustedes, mi hablarles y vuestro escucharme). Esto es, la vida presente, ahora explicitada mentalmente, cobra carácter consciente, lo que quiere decir que se me hace explícita mi relación vital, entre yo y vosotros. Tanto el objeto cuanto el sujeto de la correlación vivida, es sentida como realización de la mutua presencia en la acción trascendente. Es lo que hoy en día se llama “criterio de realizabilidad de lo real”. Esa co-presencia es tan explícita, que yo no seguiría hablando si todos vosotros os hubieseis marchado.  Como todo lingüista sabe, no es posible articular coherentemente el lenguaje sin el contexto pragmático, que es la correlación intencional de hecho entre mi propósito comunicacional y mi situación fáctica de ahí fuera, vuestra escucha. Pero vosotros no estáis dentro de mi cerebro, sino ahí frente, en mi exterior, y simultáneamente, yo tampoco estoy dentro de mi cerebro, sino aquí en el estrado, delante de vosotros.

Para algunos autores la mente no está dentro del cerebro, sino también en el mundo, sin cuyas estructuras no podría operar. Algunos le han llamado exocerebro. El “funcionalismo” de “los modelos computacionales de la mente/cerebro” que Hilary Putnam propuso inicialmente, fue ulteriormente descartado por él mismo. Así, en su libro ‘Representación y realidad’ nos dice: “No podemos individualizar los conceptos y las creencias sin hacer referencia al entorno. Los significados no están ‘en la cabeza’. (…) las actitudes proposicionales (…) no son ‘estados’ del cerebro humano y del sistema nervioso aislados del entorno social y (del) no humano.” [(Tampoco hay imágenes dentro del ordenador, sólo las hay en la interfase -la pantalla- y para el observador.)]  Sostengo aquí que mi ámbito mental presente es la presencia abarcativa de la correlación distinguida entre mi intimidad y mi estimación de vuestra escucha. El ser humano no existe dentro de la piel, ni consciente ni inconscientemente, sino que vive y vivencia su relación encarnada con el mundo de vida, “pragmático y mental”, a través de su piel inteligentemente sensible. “¿Donde comienza el cuerpo, donde acaba? Sus fronteras retroceden, se difuminan", nos decía Merleau-Ponty. Para finalizar proclamaría, desde la sabiduría poética de Paul Valery: “¿Hay algo más profundo que la piel?” ¡Os doy las gracias por ser mi otra mitad en esta media hora!