Fenomenología diferencial del ámbito afectivo en la depresión

          Lo que me propongo hoy exponer aquí es un esbozo fenomenológico del mundo afectivo de la depresión, que nos permita comprender más íntimamente, en primer lugar, qué es lo afectivo. En segundo lugar, cuáles son los “modos intencionales” de la relación afectante Yo-Mundo en la depresión. Para ello intentaré realizar una fenomenología diferencial entre humor, ánimo y temple en la psicopatología depresiva.

          Esta exposición de psicopatología fenomenológica no es una descripción clínica de la depresión y sus formas de presentación. Tampoco es una exposición semiológica de la sintomática depresiva y sus síndromes.

          Es -o pretende ser- un desvelamiento de los citados modos intencionales de la correlación de sentido persona-mundo que los fenómenos afectivos muestran en su seno.

          Realizar esta exploración fenomenológica de la psicopatología de la afectividad en el campo de la depresión parece muy propicio, ya que la depresión, o lo depresivo, concita un acuerdo muy universal en su categorización como patología afectiva, como un trastorno afectivo del humor y del ánimo. Es cierto que pocos autores se ocupan  del “temple” en la depresión –una excepción es Tellenbach–, a diferencia de su frecuente mención en la esquizofrenia, especialmente, como “temple delirante”. Sólo de paso señalo que éste consiste en un particular estado afectivo de base.

          Ahora bien, el acuerdo verbal sobre la designación del trastorno depresivo como afectivo, no implica –por sí mismo– que se tenga una claridad conceptual que nos permita comprender con distinción qué es temple, qué es humor y qué es ánimo. Y frecuentemente ni siquiera implica que tengamos conceptualmente claro en qué consiste la afectividad.

          Partiré de un ejemplo bibliográfico que, aparte de convenir explícitamente a mis propósitos expositivos, tiene en la actualidad un enorme influjo en la formación de los jóvenes psiquiatras y psicólogos. Me refiero al DSM, esa tabla nosotáxica de la sintomática clínica que expresamente ha eliminado el logos interno de toda psicología y de toda psicopatología.

          Veamos la presentación que nos hace el DSM IV de la depresión.

          1º.- En la página 387, nos enmarca el tema diciendo que “la sección de los trastornos del ánimo incluye los trastornos que tienen como característica principal una alteración del humor”. Por supuesto se da por sobreentendido qué es el ánimo y qué es el humor, y además se usa el término “ánimo” como una categoría que incluye a la subcategoría del “humor”. Todo ello así, con un lenguaje declarativo acerca de una obviedad, que sería patente para cualquier lector.

          2º.- A continuación el DSM IV nos habla de los “episodios afectivos” con sus cuatro ejemplares, sin aclararnos por supuesto qué es la afectividad, ni qué es lo que nos afecta, ni porqué afecta lo que afecta, ni a quien afecta, ni cómo afecta. Todo ello implica usar las palabras del lenguaje coloquial (ingenuo y vulgar) como si fuesen términos científicos con un concepto delimitado y precisado.

          3º.- En la página 391, el susodicho manual nos dice que la “característica esencial de un episodio depresivo mayor (consiste en presentar) un estado de ánimo deprimido o una pérdida de interés o placer en casi todas las actividades”. Lo primero, “un estado de animo deprimido” es una pura tautología. Lo segundo, la “pérdida de interés o placer”, lo encontramos en muchas drogadicciones y marginales extremos y en su forma de pérdida de interés por las actividades mundanas, lo encontramos en muchas vidas contemplativas.

          Lo único que pretendo con esta atípica introducción a mi exposición es manifestar, una vez más, las insuficiencias de las tablas sintomáticas internacionales, que de haber logrado un acuerdo general en nuestra disciplina, lo han hecho sobre lo obvio y evidente de la superficie de aparición de los trastornos psíquicos, la fenoménica sintomática. Esto no sería tan grave, si no hubiese implicado la casi total desaparición de la psicopatología en la clínica y más aún en la enseñanza. De hecho, estos manuales están operando como si fuesen libros de psicopatología, esto es, como desvelamiento de la estructura íntima del enfermar psíquico. Afortunadamente, la realidad no se pliega tan facilmente a los caprichos ideológicos de la historia, y el descontento de los profesionales con el actual estado moribundo de la psicopatología, al menos en la psiquiatría oficial institucionalizada, va en incremento, fundamentando una demanda creciente de algo que esté más allá de la sintomática objetivista, derivada del neopositivismo. También y gracias a los dioses, por fin parece que los organismos internacionales comienzan a reconocer el problema, como ha mostrado el Congreso Internacional de Viena de fines de Junio de 2003, convocado por la Asociación Mundial de Psiquiatría, con el tema monográfico de Revisión de los criterios diagnósticos en psiquiatría y de su fundamentación teórica.

Introducción

El  núcleo del padecimiento depresivo ha sido visto y consignado de diferentes modos a lo largo de la historia de la psiquiatría, pero siempre ha destacado -tal vez porque es obvio- el carácter de trastorno afectivo  de este padecimiento. La otra categorización básica de lo depresivo, ha sido considerarla como un trastorno de la vitalidad. Intentaré mostrar la confluencia interna de las dos concepciones. Lo que es evidente es que el paciente depresivo se presenta como alguien  muy afectado, tanto que a veces se suicida.

En la depresión, el paciente lo que siente es sufrimiento, a veces muy intenso. Incluso sufre en el caso de las formas anhedónicas, ya que sufre por no sentir, sin olvidar que sufrir es un estado afectivo. Hablo de “sufrimiento” personal, de dolor moral, no del dolor sensorial corporal, lo cual nos indica que la depresión, o al menos los estados afectivos involucrados en ella, tienen que ver con “lo moral”. Es evidente que un depresivo está desmoralizado. Pero...¿por qué y cómo?

Si no aclaramos todo esto, no entendemos realmente la estructura íntima de la psicopatología depresiva.

            Si bien en el ser humano “estar afectado” señala con evidencia el fenómeno de experimentar un sentimiento o emoción de sufrimiento o un estado afectivo como el humor o el ánimo; “estar o ser afectado”, tiene otra clara connotación: señala, de un modo genérico, el hecho de estar una realidad sufriendo una alteración significativa en su estructura constitutiva. Como cuando decimos ... esta viga está afectada por la carcoma o la crisis ha afectado al sistema productivo o el infarto ha afectado al ventrículo izquierdo. En todas estas expresiones, la formulación estar afectado puede ser reemplazada por “sufre una alteración estructural”.

Intentaré mostrar –sucintamente– esta estructura psicopatológica, de afectación bifronte, sentimental y estructural de la vida del depresivo.

También abordaré la estructura específica de la pérdida de intereses de tipo depresivo frente a otros tipos, como los ya señalados o lo que sucede en los cuadros cerebroorgánicos y su relación íntima con la pérdida del placer en las actividades, esas dos características señaladas como esenciales, para un episodio depresivo mayor, por el DSM IV, junto al estado de ánimo deprimido. En esta tabla sintomática, como ya señalé, no quedan claras estas estructuras. La mera acotación de que un trastorno es depresivo si no se explica por causas orgánicas no obvia, de ningún modo, la necesidad científica de intentar explicitar las diferencias entre las distintas estructuras psicopatológicas que estudiamos. Ningún semiólogo percibe como idénticos el desinterés por las cosas de la vida en un Alzheimer y en un depresivo, al margen de que en el primer caso el desinterés se acompañe de trastornos neurológicos y neuro-psicopatológicos.

Así mismo habrá que comprender en el depresivo la vinculación estructural -no la mera concomitancia- entre el desinterés por las cosas del mundo y de la vida y el sentimiento y sensación de culpabilidad, que tiende a aparecer asociada al hecho mismo de no ocuparse de las cosas de la vida. Otro señalamiento de tipo moral en el depresivo.

Dentro de los síntomas imprescindibles para el DSM IV y como caracterización del humor depresivo junto a la tristeza, aunque de un modo tangencial y no explicitado, es allí señalado el “sentimiento de vacío”. No está claro en el texto a que vacío se refiere, pero los clínicos sabemos muy bien que los pacientes  refieren frecuentemente un vacío de sentido de la vida. Como señala Glatzel en su síndrome axial, en la depresión existe un “sobrecogimiento frente al futuro, por carecer del sentido de lo posible”. ¡Como veremos, la pérdida de sentido de la vida y de lo vivido está en el núcleo del estado afectivo depresivo, e involucra estructuralmente la pérdida del sentimiento de lo posible!

Dentro de los síntomas no imprescindibles de un “episodio depresivo”, en la tabla citada aparecen esbozados síntomas de pérdida de la vitalidad, aún cuando ellos sean presentados sólo en la vertiente biológica. La pérdida de vitalidad antropológica (de la vitalidad que anima una corporalidad referida posicionalmente y propositivamente al mundo) ha tenido una continua presencia en las descripciones psicopatológicas y tiene que ser tomada en cuenta como dimensión nuclear del estado depresivo, como lo ha hecho el Prof. Dörr en sus análisis fenomenológicos. El ánimo de un depresivo puede o no ser triste, pero siempre es un ánimo desanimado o desvitalizado, aún en los casos en que predomina la irritabilidad. ¡Veremos por qué!

Por último, en este marco introductorio, señalo la “inhibición del impulso al mundo”, sobre el cual han montado algunas escuelas la comprensión del estado depresivo, y que puede adivinarse insinuado  tras la “pérdida  del interés por las actividades”, consignada por el DSM IV.

Afectividad

Desde el nivel básico de nuestra biología hasta la vida del espíritu, la vida consiste en una incorporación. De oxígeno a nivel biológico, por ejemplo, sin cuya energía continuamente asimilada nuestro organismo pierde su condición de tal en pocos minutos y se desorganiza, desapareciendo su característica esencial de estar construyéndose a sí mismo como una región diferenciada del entorno, perdiendo su dinámica  “autopoiética”, señalada magistralmente por esos dos chilenos, hoy universales, Varela y Maturana. A nivel intelectual es lo mismo, nuestra vida consiste en asimilar cognitivamente las estructuras de la realidad que nos rodea o la información  teórica que habla de ella. A nivel biográfico vamos incorporando oportunidades y recursos a la estructura de nuestra existencia, ya sea al nivel fáctico, ya sea al nivel narrativo.

Somos una unidad personal distinta y distinguible gracias a la apropiación de materia, energía e información del entorno. Es el tema de la identidad. Esta estructura propia, consistente y persistente, sólo existe y es posible gracias a esta incorporación apropiada. Ahora bien, ¿cómo sabemos que algo es apropiado “a” nosotros y apropiable “por” nosotros? Este no es tan sólo un problema cognitivo de la inteligencia sensible y/o de la lógica y sus juicios. No, la presencia de lo apropiado/apropiable es también y principalmente un problema de cómo nos afecta lo otro, con su presencia en nuestra vida, apareciendo como sentido de las cosas. las cosas que nos afectan por su sentido, que nosotros sentimos como sentimiento respecto de ellas, de las cosas con sentido.

<<Un afecto es lo que experimentamos respecto de las cosas o situaciones del mundo, cuando ellas inciden en nuestra vida con el carácter de posibilidad (positiva o negativa) para su realización.>> La posibilidad o imposibilidad concreta de las cosas, impactándonos como información constructiva o destructiva, es el sentido que esa cosa cobra, y que provoca en nosotros una afectación, correlativa a ese particular sentido.

Si algo se hace presente con el carácter de peligro inminente para mi vida, lo percibo con el “sentido” de lo temible y yo experimento el “sentimiento” de temor. Temor por el significado que tiene esa realidad de poder afectar destructivamente la estructura de mi vida. Destruir significa estrictamente des-estructurar, distorsionar o alterar significativamente la estructura que me hace ser “el” que soy. Aquí vemos el antes señalado doble carácter de lo afectivo, como afectante de nuestro estado emocional o sentimental, por ser afectante para nuestra estructura del propio vivir.

Pero esta información de cómo afecta (o puede afectar) algo a nuestra realidad y realización, no es la única información que le llega al ser humano, ese animal simbólico que somos.

Para el resto de los animales sólo entra en su nicho ecológico aquello que afecta sus vidas específicas. En el caso del hombre esto es más complejo. Para este “animal de realidades” todo aquello que cobra significado (funcional) como una forma estructural diferenciable de su entorno y que puede ser señalable y/o denominable, cobra presencia cognitiva para él en su relación sensible-inteligente con el medio. Pero sólo aquello que cobra sentido, esto es, significado constructivo o destructivo para su propia vida, lo afecta sentimentalmente. Entonces, frente a ello, tiene no sólo sensaciones de estímulos y cogniciones de significados, sino también sentimientos de sentidos afectantes. Y son éstos, y tan sólo estos, los afectos, los que nos mueven comportamentalmente a realizar acciones con sentido. Es el ancho y complejo campo de las motivaciones y los motivos conductuales. Si algo presente en nuestro entorno no afecta a nuestra vida, no cobra sentido para nosotros, no entra a formar parte de ella –al menos de forma explícita- y a veces ni siquiera nos percatamos de su existencia.

Hay en nuestra existencia un nivel básico de vida meramente vivida, pero no vivenciada, de relaciones con el entorno, tanto perceptivas cuanto operativas, que implican la captación de cosas (Gestalten significantes) que no se vuelven explícitas, que no se tornan objetos distinguidos y discriminados por nosotros y frente a nosotros, ya sea porque nuestro comportamiento es en ese momento habitual, automático, sin conciencia clara de lo que hacemos y de con qué lo hacemos, ya sea porque nuestro comportamiento se realiza con una o unas pocas figuras determinadas del entorno, mientras este aparece globalmente como fondo, como ámbito estructurado, pero no explicitado como objeto o colección de objetos. No es lo mismo darse cuenta (“to be aware”) de la situación, que tomar conciencia explícita de las cosas del mundo de vida habitual, como algo concreto que constituye un objeto expreso en relación a nosotros como sujetos dis-puestos frente al objeto y com-prometidos por un pro-posito dirimido, por un “proyecto”.

En ese horizonte del mundo de vida habitual meramente vivida, pero no vivenciada, las cosas del mundo y el propio mundo están presentes al ser humano como entidades identificables, como entes que son algo definido, cuyo ser (propio de cada ente) se muestra como “significado”, en realidad como significando. Este es el “logos” de los entes, que constituye la ontología como “campo de la realidad” al que pertenece todo lo que nos aparece.

Ese logos significativo, los significados de nuestro entorno, son también información para el ser humano, información del ser de las cosas, especialmente de la funcionalidad de la realidad. (árbol, perro, taza, lápiz). Este significado es entendido por el ser humano, es captado por su entendimiento o cognición, sin que ello afecte nuestra vida en realización. El significado de algo se entiende (intelectivamente), mientras que el sentido de algo se siente (afectivamente). [Aportación de la filosofía y antropología del S.XX Sichbefindlichkeit)

En psicopatología es fundamental diferenciar uno y otro campo simbólico de la dimensión informacional de la vida humana, como com-portamiento relacional sujeto/objeto o persona/situación.

Como diría mi amigo Otto Dörr, esa diferencia permite distinguir y discriminar la psicopatología de las “timopatías” de las “logopatías”.

Caracteres básicos de sentido y sentimiento

Al sentido (informacional) que detenta algo presente en nuestra vida, en tanto puede afectarla lo llamamos “posibilidad”... para nuestra vida. El sentido es la condición de posibilidad para nuestro vivir, que sentimos afectivamente. Esa presencia de la posibilidad puede ser tanto fáctica cuanto imaginaria.

El primer sentido básico de algo para nuestra vida es el de posibilidad positiva o negativa, el de posibilidad “constructiva o destructiva”, esto es, el de posibilitación o el de imposibilitación de nuestro vivir. Este par básico de sentidos puede tomar muchísimos modos de presencia, determinando correlativamente los distintos modos de sentir o de estados afectivos. Alegría, sosiego, gozo, agrado, ternura, amor, complacencia, etc.. para lo posibilitante; tristeza, temor, desasosiego, rechazo, desagrado, asco, odio, etc., para lo imposibilitante. Pero todos estos estados afectivos concretos, se pueden resumir en dos sentimientos básicos: el de disfrute de lo constructivo o posibilitante y el de sufrimiento por lo destructivo o imposibilitante.

          Aquí vale señalar la analogía dolor/sufrimiento. El dolor físico es la señal biológica que sentimos como sensación de la destrucción de nuestros tejidos biológicos, y/o de la destrucción de la armonía funcional, fisiológica de nuestro cuerpo. El sufrimiento, que es anímico, es lo que sentimos como sentimiento por la destructividad del tejido constructivo de nuestro vivir, de nuestra biografía. Sufrimos por la destrucción de lo que ya somos o porque no podemos realizar aquello que necesitamos para seguir siendo el que somos o para llegar a ser el que queremos ser. Quede aquí señalada la implicación de la identidad personal en el sufrimiento.

El otro par de sentidos básicos de la realidad para el hombre, tan importante como el primero, es el de accesible/inaccesible. Algo puede presentarse en una vida humana como posibilitante o imposibilitante, como constructivo o destructivo para su vida, pero sólo afectará a la persona, haciendo aparecer en ella un  afecto, si esta percibe lo positivo, lo constructivo como accesible o si se siente a sí mismo accesible a lo negativo, a lo destructivo. Continuando el ejemplo anterior, si capto cognitivamente algo presente como destructivo, pero al tiempo me siento inaccesible a su peligro, no aparece en mí el temor, no siento miedo ni terror. (un tigre en el zoo)

En el caso del sentido básico de posibilitación de la vida, algo afectará positivamente mi vida, con sentimientos constructivos, si al mismo tiempo percibo ese algo como accesible para mí o por mí. Si lo percibo como inaccesible, me dejará frío afectivamente. Y <<si su posibilitación la percibo como  imprescindible para construir mi vida, pero inaccesible para mí, me hará sufrir>>, aparecerá en mí un estado afectivo sufriente. Como veremos, esta última es la dinámica básica del estado afectivo depresivo.

Formas de afectividad:

Como he dicho, la afectividad es una correlación de sentido y sentimiento, en cuya relación comunicacional aparece el modo de afectar algo a la vida de una persona y, al unísono, aparece un modo de estar afectada esa persona. La afectividad es el carácter modal de la intencionalidad de la existencia, de la correlación vital entre el ser vivo y su entorno. De aquí que el lenguaje utilice términos “modales” para referirse a ello. Utiliza nombres modales, esto es, adjetivos, para señalar el sentido de las cosas: agradable, tierno, amenazante, etc...Y el lenguaje usa términos modales para referirse a los modos de estar afectado: formas adjetivales como complacido, amenazado, etc., o formas adverbiales como satisfactoriamente, amargamente, etc.

Esta relación modal con el mundo y sus cosas, tiene dos “formas” de presentarse en la vida. Una es la forma de afectos particulares, son los afectos que nos relacionan con las cosas individuales o discretas del mundo. Son las emociones y los sentimientos. [Uso aquí la palabra sentimiento como un término estricto y restrictivo para uno de los tipos de afectos particulares, y no como la he usado hasta aquí, como mera palabra para referirme en sentido lato a la vida sentimental o afectiva.]

La otra forma de afectividad, la que nos interesa para la psicopatología depresiva, está constituída por los estados afectivos generales, por los afectos que nos relacionan, no con cosas, sino con el mundo, con la estructura general de nuestra situación vital.  Usando un ejemplo clásico, el temor es un sentimiento referido a algo temible particular; la angustia, en cambio no es un sentimiento ante algo, es un humor referido a la  negatividad de todo, a la aniquilación del Mundo de vida y del propio sujeto personal.

Formas modales del estado afectivo general:

Las formas de presentación de los estados afectivos generales, de los modos de estar y encontrarse en el Mundo son tres: Humor, Animo y Temple, que encarnan las tres dimensiones estructurales del mundo, que pueden afectar la vida personal: espacio, tiempo y causalidad.

El Humor: Este modo de estar en el Mundo responde a la pregunta de ¿cómo estás?...en el mundo, o en la vida. El humor manifiesta el modo espacial de estar en el mundo, en el mundo como “estancia”, como ámbito de la vida y su despliegue. El humor organiza el modo afectante (el sentido) del espacio vivido. La angustia es el estado afectivo en que se está en un mundo angosto, estrecho, sin espacio vital para el despliegue del intercambio vivificante; la angustia es mortífera y mortificante.

El Animo:  Este modo de relación Persona-Mundo responde mejor a la pregunta ¿cómo vas?...por la vida o por el Mundo; o ¿cómo te va? ...la vida. El ánimo manifiesta el modo temporal de ir por el Mundo haciendo el curso de la vida. Alguien está animado (o no), para ir a por las cosas o para seguir haciendo el propio surco de la vida. La “ansiedad” es un ánimo desasosegado de necesitar alcanzar lo inaccesible por falta de tiempo. El ánimo organiza el modo afectante (de sentido) del tiempo vivido.

El Temple: como estado afectivo genérico de relación Persona-Mundo, responde a la pregunta ¿cómo te llevas?...con el Mundo. Manifiesta el modo de sentir la propia estructura personal de sentido (la personalidad), como capacidad operativa sobre el mundo, respecto de la estructura de sentido del mundo como capacidad operativa de él sobre uno. El temple patentiza la relación de causalidad con el mundo. El temple resentido (de resentimiento: uno de los más perturbadores de la vida) manifiesta el “modo reivindicativo de sentirse en relación a un mundo injusto que no le da a uno lo que uno se merece por el mero modo de ser, no por lo que uno hace”. El temple organiza la relación respectiva de las estructuras de sentido operativo del mundo y de la propia persona. Hay personas templadas y otras destempladas, hay personalidades con gran templanza o sin ella. Estas últimas son muy vulnerables a los avatares de la vida; lo veremos respecto la depresión.

Estado afectivo depresivo:

Una persona deprimida puede tener sentimientos particulares referidos a cosas individuales, especialmente en el caso en que la depresión no es muy profunda, por ejemplo tristeza por algo. Pero el afecto depresivo es siempre un estado afectivo genérico, referido de modo negativo al entero mundo de vida. El afecto melancólico es el modo imposibilitante de percibir el mundo, el horizonte vital, esto es, la estructura general y generadora de todo lo que aparece en la vida de una persona. En el caso del depresivo, el mundo entero le aparece (o le parece) siendo inaccesible; por lo tanto todo es inaccesible para él. El estado afectivo depresivo es por la pérdida del mundo propio, y no por la pérdida de algo valioso del propio mundo, como en el sentimiento de tristeza.

El estado afectivo depresivo, melancólico, en el sentido de lo negro que se traga todas las cosas en su oscuridad, ocultándolas para la vida, es el modo de estar en un mundo en el cual todo tiene el sentido de “imposibilidad/imposibilitante”, un mundo que niega al depresivo toda posibilidad de realizar su vida. De aquí que el depresivo tiende al sufrimiento total, a sufrir por la pérdida de el todo, de todos los bienes, determinando un total encogimiento moral frente a la vida y no un mero sentimiento de tristeza por la pérdida de un bien, de una posibilidad concreta. El afecto melancólico no es la tristeza. <<El estado afectivo básico del depresivo es de congoja y sobrecogimiento moral frente al deber-impotente de vivir.>>

El estado afectivo depresivo se presenta usualmente con el ropaje del humor sufriente de la desolación total, que tiende al des-ánimo de la absoluta  desesperanza; desde el temple denegador del mundo de vida para “su” vida.

Todo lo dicho del estado afectivo melancólico muestra en su propia estructura modal, de relación desolada y desesperanzada con el mundo inaccesible: la imposibilitación del vivir, con desaparición del sentido de las cosas y de los sentimientos positivos, con aparición del sufrimiento anímico por la destrucción de toda la vida propia y por lo tanto de sí mismo como persona. Al tiempo, desaparecen los intereses, porque sus objetivos se hacen inaccesibles, produciendo el sufrimiento por la impotencia para  realizar la vida, con una tendencia a la desvitalización de esta. Ya no hay goce ni disfrute por el proceso incorporativo, apropiativo, autoconstructivo, en que consiste la vida, ya que el proceso apropiativo ha desaparecido en un mundo que se ha vuelto inaccesible, distante, ajeno y denegador de posibilidades personales, por lo tanto, vacio de sentido.

Tipos de estados afectivos depresivos:

En la realidad clínica, la presencia del estado afectivo depresivo, de sufrimiento desolado y desesperanzado, siempre se presenta encarnado en la estructura de uno de los tipos (humor, ánimo, temple) o en cierta combinación de ellos, dentro de la cual suele haber uno que predomina en la configuración fenomenológica del cuadro.

          Comenzaré por el temple, ya que suele ser el fundamento de los otros dos. Recuerdo, como mera analogía, que el “temple delirante” suele estar antes que la eclosión del delirio.

Temple depresivo:

No es frecuente, en la psicopatología de la afectividad, el uso de este término y de su concepto, ya que éste no es tan aparente como lo son el humor y el ánimo, al tiempo que, para su comprensión, hace falta una visión antropológica comunicacional de la existencia humana, basada en la interrelación de sentido con el mundo. Cuando esto es así, como sucede en Tellenbach y Kraus, entonces aparece este concepto y lo hace señalando estructuras de sentido, como son los conceptos de “ordenalidad hipernómica” y sus encarnaciones en el orden espacial como “includencia” y en el orden temporal como “remanencia”.

El “Temple depresivo” es la pura actualización del mundo y sus cosas con el sentido de inaccesibilidad, de estar fuera del alcance para la persona. Esto implica que la persona desarrolla una estructura conceptual creencial acerca del mundo como imposibilidad denegadora de sus recursos, al tiempo que desarrolla una estructura creencial de sí mismo como impotente para alcanzar los bienes del mundo. Recuerdo que creencia connota el dar por evidente que la realidad es así, como el sujeto la piensa, o la siente. Ortega y Gasset señalaba, con acierto y profundidad, que tenemos ideas pero que en las creencias estamos. La creencia es un elemento base de la ontología de todo ser humano.

El sentido y la sensación de impotencia para realizar la propia vida está a la base de todas las estructuras psicopatológicas depresivas. Es el “no poder” como característica nuclear de la depresión, señalado por Otto Dörr y otros. (Recuerdo aquí que el poder realizador de la vida humana depende totalmente del apoderamiento del poder de lo real, como ha sido el caso histórico del fuego). Esta estructura de impotencia se presenta en la clínica en grados y con formas de curso diferentes. Desde el grado máximo, en que el sentido de absoluta inaccesibilidad  y absoluta impotencia aparece como pérdida de todo sentido del mundo para la vida, al tiempo que la persona del depresivo se muestra indiferente; pasando por grados medios, en que el temple es de pesimismo prospectivo, si está referido más al mundo que nos niega sus bienes; o es de un pesimismo retrospectivo, si está más referido al mal uso de los propios recursos y energía para apoderarse de los bienes que uno debería haberse apropiado. En ambos casos aparece un problema moral: o el temple de desmoralización frente al mundo y al propio futuro; o el temple de auto-culpabilidad moral respecto del propio pasado, quedando en deuda con la vida.

Cuando estos temples morales se extreman, aparecen como “delirios”: de ruina por imposibilidad para llegar a disponer, o de culpa por no “haber dispuesto”, ni “haberse dispuesto a....” Señalo, de paso, que disponer es el fundamento de la apropiación real -no legal- de las cosas, de uno mismo y de la vida.

En el  extremo más leve del temple depresivo, nos encontramos -a mi juicio- con el temple habitual de las personas con “distimia”, fuera de los episodios claramente depresivos. Son personalidades poco templadas, que se destemplan fácilmente con las circunstancias adversas, tendiendo al pesimismo, la impotencia, el desánimo y la angustia. Es en estos cuadros donde podemos encontrar, en algunos periodos,  en su estado puro, un temple depresivo sin que se acompañe del humor y del ánimo depresivo, al menos no ostensiblemente. En algunos casos, la estructura de sentido depresivo, como estructura ideológica de creencias denegadoras de la vida personal va continuamente nutriéndose e incrementándose, constituyendo un verdadero “desarrollo depresivo”, que conduce a estas personas a la total desesperanza, lo cual puede llevarlas al suicidio ineluctable y casi siempre ineludible, sin que aparezca claramente el cuadro clínico de la depresión, lo que determina que el fin luctuoso sea a veces inesperado para su entorno.

Pero lo usual no es encontrar un temple depresivo aislado, el temple depresivo tiende a generar, primero un ánimo depresivo y ulteriormente un humor depresivo. En este caso nos encontramos ante el cuadro psicopatológico de una depresión clínica plenamente desarrollada.

Animo depresivo:

Esta correlación modal con el mundo, en su tipo de dimensión temporal, corresponde al desánimo, la desesperanza y la desesperación.

Si todos los objetivos del “mundo de vida” (el Lebenswelt) se presentan muy difíciles o imposibles de ser alcanzados, el mundo deja de ser un ámbito motivante, que impulsa a dirigirse animosamente hacia él, decae el ánimo, surge el desánimo. El impulso a ir hacia las cosas del mundo y a ir a través del mundo pierde vitalidad, decisión, agilidad y presteza. Lo a alcanzar, si se siente de muy dificil acceso, deja de incitar, se pierde el interés por intentar alcanzarlo, surge un ánimo tardígrado, cansino; o aparece el desánimo para dirigirse a los objetivos futuros, tiende a desaparecer el futuro y el ánimo se retrae hacia el puro presente, como resultado del pasado.

          El presente pierde el carácter de inicio del futuro como proyecto, para convertirse tan sólo en el final, el término del pasado.

          Recordemos nuevamente la expresión de Glatzel: “en el depresivo existe un “sobrecogimiento frente al futuro, por carecer del sentido de lo posible”. Es que, como quedó dicho, el sentido es la captación afectante de las posibilidades para la vida. En la depresión, la inalcanzabilidad del mundo y sus recursos hace desaparecer las posibilidades y, por lo tanto, el sentido de todo. Aparece el mencionado “vacío de sentido”. Con ello, desaparece el ánimo que anima hacia delante, en procura de los bienes para la vida. El ánimo se hace “remanente” y el tiempo de la vida, que es pro-yección tiende a desaparecer; sólo hay yección, un estado anímico de “caído”, arrojado hacia abajo, no hacia delante. Se pierde el discurrir apropiativo de la propia vida, que es lo que constituye la temporalidad personal, como renovación de la mismidad. (Recuerdo aquí que el tiempo es siempre el “discurrir transformativo de una unidad formal”. Es el cambio de la permanencia, ya señalado por los griegos).

 El depresivo se queda sin tiempo propio, detenido en la pasividad. Constata, entonces, el tiempo ajeno, de lo otro y de los otros, que pasa a su vera sin tocarlo. Esto puede llevarlo a la desesperación y al desasosiego, que no es lo mismo que la pura desesperanza. Es el caso de muchas “depresiones involutivas” y de aquellas depresiones donde el impulso moral –no vital- hacia el deber hacer permanece coetáneamente junto al sentimiento y sensación de carencia de recursos propios para realizar dicho deber moral. Lo que tortura al depresivo es la conjunción del “no poder”, junto al “deber” o al “tener que”, realizar la vida.

          Si la depresión es muy profunda y el mundo se vacía totalmente de motivaciones, simplemente desaparece el ánimo. El mundo de carencias del desánimo se ha tornado en carencia de mundo, desaparece toda pro-spección y toda pro-yección. La persona se instala en la total carencia de ánimo para emprender el menor de los intentos, se instala en el ánimo de la definitiva resignación a la total desesperanza. <<El ánimo depresivo es fundamentalmente el de la desesperanza>>. Toda posibilidad de realización del futuro desaparece, y el depresivo yace en una eternidad atemporal. En el extremo de ello aparece el “estupor depresivo”, desaparece toda propositividad vital, el dinamismo de la vida de relación con el mundo se detiene. El cuerpo des-animado, sin alma, desvitalizado, yace inmóvil, totalmente cosificado.

Humor depresivo:

El humor melancólico encarna en la dimensión espacial el estado afectivo depresivo de pérdida de accesibilidad al mundo y sus bienes, para realizar la vida personal. El mundo con sus cosas aparece lejano, a una distancia fuera del alcance de  las propias fuerzas para recorrer el espacio. (En eso consiste la distancia, en ser espacio recorrible). Esto convierte la presencia del mundo en mero horizonte, como puro espectáculo, y a él mismo en mero espectador pasivo,  lo cual lleva a la persona a la retracción vital, dejándola instalada en su mundo íntimo, meramente pensado (el autismo secundario de Glatzel), haciendo al depresivo profundo más inaccesible empáticamente que al esquizofrénico, como señalara Kranz.

 Esta situación afecta a la persona con la vivencia de soledad cósmica, ya que es el mundo entero quien lo ha abandonado a sus solas fuerzas, lo que determina la sensación de total desamparo y precariedad vital. El mundo no es ya un paraje que lo incluye, un terreno acogedor, es un mero espacio vacío y desolado que lo excluye, con la presencia en el horizonte de meros significados cognitivos, carentes de sentido y de posibilidades alcanzables para él.  La espacialidad del mundo cognitivo está construida por estructuras ónticas, perceptivas y significativas. La espacialidad de la vida vivenciada, como ámbito de realización de nuestra propia persona, está construida por estructuras de sentido, esto es, de posibilidades sentidas afectivamente. En la depresión, el movimiento direccional de las propias acciones hacia el mundo se queda encerrado “incluido” en un espacio clauso e intransitable, convertido en parálisis o en desasosiego, en un terreno desolado, que provoca desolación anímica. El mundo ya no es suelo nutricio para la vida que mora en él, es tierra desolada, arrasada, estéril para la vida. <<El humor depresivo es fundamentalmente el de la desolación.>>

Un paraje es desolado no por desértico (el desierto es bellísimo), ni porque uno está solo en él (muchas personas buscan coyuntural o sistemáticamente la soledad para el pleno encuentro con el mundo o consigo mismas). Un lugar desolado es el que niega todos los recursos que posibilitan la vida, como un lugar desolado por el fuego o arrasado por los vándalos. Ese es el mundo inaccesible del deprimido, que impide toda esperanza y produce desolación.

En el caso de las depresiones muy profundas, este modo afectivo de percibir el mundo hace perder a éste  su condición perceptiva (visual) de accesibilidad, desaparece la tercera dimensión, la distancia de la profundidad, y el paciente tiende a percibir el mundo plano,  en dos dimensiones, como un telón de un paisaje lejano; mero espectáculo virtual, pero ya no un ámbito real participativo. El mundo aparece infinitamente distante, al tiempo que pierde todo sentido, pues el depresivo está separado del mundo por un abismo. El mundo aparece vacío: vacío de sentido, vacío de motivaciones y de intereses, ya que nada le afecta, dejándolo vacío de sentimientos y vacío de vida, pues la vida es la correlación apropiativa de los recursos del mundo, ahora absolutamente inaccesibles.

          En los casos depresivos muy profundos, el paciente está absolutamente desolado y desesperanzado. Ha perdido toda posibilidad futura de vida. Esto puede llevarlo a sentirse muerto como persona; su identidad personal no sólo es absolutamente irrealizable, ni siquiera es conservable. Si al tiempo  que el depresivo siente la imposibilidad total de acceder al mundo, se percibe a sí mismo encerrado en su cuerpo, que lo obliga a permanecer como testigo impotente de la vida que pasa, pero que no lo toca, intenta el suicidio. Intenta matar su cuerpo, que lo retiene como persona muerta en el seno de una vida meramente biológica.

          En casos extremos aparece un “Síndrome de Cotard”. El paciente ya no sólo se siente muerto como persona en un mundo absolutamente vacío para él, siente, asimismo, que su cuerpo ya no es un organismo vivo en relación asimilatoria con su entorno, con su nicho vital. También a su cuerpo lo percibe como muerto, como un cuerpo meramente físico, sólido y/o vacío de órganos. Ha perdido no sólo el espacio vital externo, ha perdido también el espacio vital interno.

Conclusión

Hasta aquí la descripción psicopatológica sucinta del estado afectivo depresivo, embargado de sufrimiento moral por la imposibilidad de acceder a los bienes del mundo para construir la propia vida; con un temple de impotencia frente a un mundo imposibilitador de la vida propia, un ánimo desesperado por no poder llegar a conseguir esos bienes vitales, con total desesperanza de  poder salvar la propia vida en un mundo que la deniega y que lo lleva al absoluto desánimo y desvitalización. Y por último con un humor de desolación, aterido por el frío mortal del vacío del mundo, que lo deja en el absoluto desamparo y la total inanición de la soledad cósmica.