Hitos Evolutivos de la Vulnerabilidad. De la lesión anatómica a la indiferencia axiológica

La vulnerabilidad está referida a que algo pueda ser alterado, perder su identidad, su ser, que depende de su “estructura constituyente”. En la historia de la ontología occidental, la “forma esencial” de un ente ha sido su “substancia”, su esencia íntima, inalterable, definitiva y determinante “en sí” de sus propiedades. Hoy la identidad de un ente es vista como “respectiva” a los otros entes del campo, del cual emerge por procesos dinámicos constructivos de las diferencias estructurales.

La vulnerabilidad biológica está sostenida por el proceso auto constructivo del organismo, la “autopoiesis”. La salud del organismo depende de la integración apropiada de las dimensiones orgánicas, cuanto de la coherente apropiación de recursos del nicho ecológico. La salud sería “lo mesuradamente apropiado”. (Gadamer)

La realización de la vida humana implica necesariamente la fabricación de instrumentos. Lo cual es posible por la evolución de la organización informativa de la sensorialidad hasta la inteligencia simbólica y la fantasía creadora. Ambas originan el ámbito mental de la vida (pensamiento y palabra) creador de la dimensión cultural del hombre y de su mundo. Con el poder transformativo de la realidad, surge también la vulnerabilidad de la “impotencia conductual”, tan frecuente en la psicopatología.

Con la transformación histórica de la evolución humana surge la “autonomía” y la construcción de la propia identidad personal, que sustenta la realización libre de los propios criterios. Esto constituye un nuevo nivel identitario y de vulnerabilidad.

Ponencias (Prof. invitado) en XIV Symposium Internacional del Colegio Chileno de Neuropsicofarmacología sobre Psiquiatría, Evolución y Posmodernidad. (Stgo. Chile, Sept 2010.)

Planteamiento de la cuestión:

La vulnerabilidad, tanto biológica cuanto psíquica, ni ha sido ni es una constante homogénea de la vida a lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía. Para nuestro caso, basta mencionar la alta incidencia de la anorexia nervosa y de las estructuras obsesivas en la cultura occidental, a partir de la modernidad. O, para ejemplificar dentro del tema evolutivo biológico, valga la vulnerabilidad a la hipotermia, que mata a muchos inmigrantes ilegales africanos navegando en sus cayucos, en pos de “el dorado” europeo. Sin la aparición de la heterotermia en las aves, esa susceptibilidad no existiría. Las bajas temperaturas no afectan a los organismos homeotermos, pero sí a su conducta, alimenticia por ejemplo. En el ejemplo de los inmigrantes, es su conducta de exposición de varios días en el mar, lo que vuelve operativa su vulnerabilidad a la hipotermia. Veremos que organismo y comportamiento son inseparables en el orden operativo de la vulnerabilidad biológica.

En psiquiatría, las patologías han hecho su aparición en determinadas épocas de la evolución humana. En buena parte gracias al Dr. Crow, sabemos que la esquizofrenia ha aparecido por una mutación genética hace más de 60.000 años, afectando a todas las poblaciones humanas.

Toda la vulnerabilidad psicopatológica -tanto la psicótica, cuanto la neurótica- depende del nivel estructural alcanzado evolutivamente por la vida humana, tanto en el orden biológico cuanto comportamental. Para exponer esta tesis me es imprescindible delimitar inicialmente en qué consiste la vulnerabilidad, especialmente la de la vida. En segundo lugar cómo se produce dicha vulnerabilidad, cuál es el sistema vulnerable en cada momento evolutivo, y a qué tipo de factores es vulnerable.

Concepto de vulnerabilidad: Este concepto no está referido a que algo pueda ser afectado, sino a que pueda ser alterado, esto es, dañado en su “estructura constituyente”, en aquello que lo hace ser lo que es.

<La vulnerabilidad es la condición de posibilidad de algo de dejar de ser lo que es>. Esta condición de posibilidad de destrucción, de desestructuración (eso quiere decir des-trucción), pende y depende de la propia estructura, que es una unidad intrínseca de elementos correlacionados coherentemente en una configuración inextricablemente unitaria, con propiedades inherentes a su totalidad global.

Ahora bien, ¿cómo surge la estructura de un ente? Desde Aristóteles hasta el siglo XIX se sostuvo que la “forma esencial” de un ente era su “substancia” (Hypokeimenon), que subyacía inalterable en la intimidad del ente, a lo largo del tiempo y a lo ancho de sus relaciones con el entorno.

Esta visión “cosística” u objetivista de la realidad, derivada del substancialismo griego, sufrió una profunda transformación a partir de la segunda mitad del XIX, dando origen a un nuevo paradigma general.

Primero el darwinismo postuló el origen evolutivo de las especies vivas, por transformación progresiva de las formas orgánicas. Hoy, todas las ciencias perciben las estructuras como frutos epigenéticos de procesos trans-formativos, generadores de un tiempo irreversible, con aparición de nuevas formas de realidad por causalidad emergente. Esto lo resume la frase de Whitehead (de 1929): “No hay cosas, sólo procesos.”

Bien, tenemos formas como frutos evolutivos de formas anteriores. Pero, ¿cómo es que hay formas, esto es, estructuras concretas, discretas y acotadas, con consistencia que permanece?

Otra superación del substancialismo en el XIX fue el estudio de Maxwell de los flujos y campos eléctro-magnéticos, entidades que no son cosas, ni auténticos objetos. Un campo es un ámbito topológico de dinámicas sistémicas, que configuran estructuras locales, por ruptura de la propia homogeneidad dinámica del campo, por la acción de atráctores locales. Hoy el concepto de “campo” es fundamento en todas las ciencias. Desde el “campo quántico” para la aparición de la materia, hasta el “campo morfo-genético” en biología, para la aparición de las formas orgánicas (Brian Goodwing). En el último quinquenio, el campo somático y el comportamental, se han mostrado determinantes de la operatividad de los genes: de su activación, su inhibición y su combinación, y no un mero efecto de ellos.

En la actual ciencia de la complejidad, nos movemos en una ontología de sistemas dinámicos campales, que generan evolutivamente unidades estructurales “supra-estantes”, como señaló expresamente Whitehead. Es la ciencia de los sistemas auto constructivos: desde los “sistemas disipativos” de Prigogine, auto-organizando la materia física, hasta la “autopoiesis” de Varela constructora de la vida, o la autoorganización de la sociedad y la persona según Niklas Luhmann.

La unidad de la estructura propia de un ente no es sólo fruto de su sistema dinámico interior, sino fundamentalmente de la relación dinámica de diferenciación con el sistema general exterior, el campo. Todo lo que existe, es fruto dinámico de una frontera que diferencia y distingue activamente una estructura local de otra vecina o del campo general. Una forma es una distinción, como señala Spencer-Brown en su libro “Laws of Form”. Y esto tanto en el orden fáctico, cuanto en el lógico. La forma sensorial -como mostró la investigación de la Gestalt Psychologie, a inicios del siglo XIX- es una delimitación dinámicamente reversible entre figura y fondo.

La vulnerabilidad de las estructuras físicas, depende de la consistencia diferencial de la propia estructura respecto de las fuerzas dinámicas del medio. <Lo vulnerable es la dinámica estructurante de la diferenciación entre estructura propia y ajena>.

Vulnerabilidad de la vida:

Desde el viejo paradigma substancialista, la vulnerabilidad biológica ha sido vista como una propiedad interna del organismo, para resistir los embates de la enfermedad desde el exterior. Fue la concepción de la enfermedad como lesión anatómica. La concepción fisiopatológica de la enfermedad, reemplazó esa visión física estática por otra dinámica funcional, donde la patología es fruto de la correlación disarmónica entre los factores incidentes en la fisiología del organismo y las respuestas de este para mantener la homeorresis. La fiebre es parte de los mecanismos fisiológicos de defensa frente a una infección. Pero la alta temperatura, puede ser peligrosa para la salud.

Sólo recientemente tenemos claro que un organismo es un “sistema abierto” al medio, cuya estructura depende -para llegar a ser y seguir siendo la que es- del intercambio de materia, energía e información con el exterior, como lo formulara von Bertalanffy, en los cincuenta.

La aparición de las membranas semipermeables, hace 3.700 millones de años, fueron imprescindibles para la construcción de la vida. La membrana celular transformó la diferencia física dentro/fuera en “la distinción biológica propio - ajeno”, como nos dice Lynn Margulis, la famosa especialista en evolución celular. Esta distinción constituyó la sensibilidad, una actividad de discriminación informativa, sin la cual no existe la vida, y que configura un elemento fundamental de la vulnerabilidad biológica.

La sensibilidad distingue al propio organismo estimulado como sensación, del estímulo del entorno que lo im-presiona; y distingue en el medio externo lo que es comestible de lo que no lo es, y lo amistoso, de lo neutro y de lo enemigo. Sin ello la conducta no discriminaría entre lo constructivo y lo destructivo para su vida. Ese recorte informativo dentro del medio ambiente, constituye el nicho ecológico propio. La vulnerabilidad fundamental de la vida reside en la comunicación informativa entre el organismo y el nicho, de la cual depende tanto el desarrollo cuanto la preservación de la vida, y esto no sólo en el humano.

El actual concepto de “resiliencia”, basado en la resistencia de los metales a la deformación, sólo se puede aplicar rectamente a la vulnerabilidad física, pero no a la vulnerabilidad de la vida, basada en la información de la sensibilidad. En los fenómenos alérgicos, lo destructivo no es el alergeno exterior, sino la respuesta desmesurada del sistema inmunitario. Sin esta característica de la vida de sobre-reacción a la información exterior, no habría fobias, como es evidente. <La vulnerabilidad biológica es posible, y sólo es posible, porque el organismo es una mismidad propia, en continua construcción por los procesos dinámicos de asimilación e integración funcional del organismo, en su relación comportamental de comunicación diferencial con el medio externo, basada en la información de la sensibilidad. Sin esta relación apropiativa del sistema viviente, ni hay organismo, ni hay nicho ecológico, ni hay vulnerabilidad>. De aquí que la enfermedad biológica pueda definirse, con palabras de Diego Gracia, como “expropiación”; frente a la salud, definida por Gadamer como “lo mesuradamente apropiado”.

En un sentido estricto, lo que enferma no es el organismo, sino el sistema vivo, esto es, el sistema comportamental que abarca al organismo, su nicho ecológico, y el intercambio energético, material e informacional entre ambos polos. Nadie se siente enfermo o se declara enfermo por una alteración anatómica o funcional de su organismo, si esta no perturba la ejecución de su vida habitual en el mundo. En cambio, los psiquiatras constatamos todos los días la manifestación de severos estados de enfermedad, basados en el temor y el pánico a situaciones simbólicas, imaginadas, que sólo para esos enfermos presentan el sentido de amenaza.

La vulnerabilidad es una característica de la dinámica de correlación ente-entorno, por la cual se crea y se mantiene la distinción interior-exterior y la estructura de la unidad propia. La máxima vulnerabilidad es la posible desaparición de la diferencia con el entorno: “polvo eres....en polvo te convertirás”.

En el caso de la vida, la activa diferenciación creadora del orden anti-entrópico de organismo y nicho, la llamada neguentropía, opuesta a la entropía homogeneizante, es la que sustenta la vida y su vulnerabilidad.

Evolución de la vida:

La genialidad de Darwin no impidió que estuviera condicionado por los paradigmas de su época, en cuanto a los mecanismos íntimos de la evolución. Su concepto de adaptación al medio, ya fue cuestionado por el neo-darwinismo. Desde Julian Huxley, el criterio más universalmente aceptado como eje del progreso evolutivo, es el de “incremento de independencia frente al medio, y el desarrollo del dominio sobre él”. La ya mencionada aparición de la “heterotermia”, ha dado a estos animales una independencia metabólica que, a su vez, les permite una explotación mucho más extensa de la geografía como nicho ecológico. El extremo de esto, lo vemos en el género “homo”, que ha conquistado -como nicho propio- desde los tórridos desiertos hasta los casquetes polares de hielo, gracias a su capacidad técnica mediadora frente al medio, lo cual, a su vez, lo ha hecho dependiente y vulnerable respecto de la técnica.

La evolución humana y sus vulnerabilidades:

El hombre presenta todas las vulnerabilidades biológicas de los animales, pero también algunas propias, como la psicopatología, basada en una alteración de las estructuras informativas del comportamiento.

¿Cuál es la diferencia fundamental entre la vida del género “homo” y la vida de los pre-homínidos? Los antropólogos están de acuerdo en que la diferencia fundamental que constituyó al “homo habilis” como la primera especie de nuestro género, fue su capacidad de fabricar instrumentos amovibles, la llamada industria lítica (la pebble industry). En ella el hombre transformó una forma hallada, en otra forma prevista, en función de un rendimiento funcional. Fue capaz de trans-formar un guijarro en un instrumento, un descarnador, por ejemplo. Para ello el homo tuvo que percibir al guijarro como una forma propia estable, trans-formable en otra forma estable, con permanencia propia, más allá del momento y la circunstancia de su fabricación y de su utilización. Ya los primeros artesanos traían desde lejos rocas con estructuras específicas (silex y cuarcita), que elaboraban en lugares de residencia, para utilizarlas luego en su campo depredatorio.

Esa conducta sólo fue posible por la sutil transformación de lo natural en cultural, lo que implicó una desnaturalización de la piedra. Dicho con la belleza poética del antropólogo Leroi-Gourhan: “el primer hombre sacó el guijarro de la naturaleza y lo instaló en el hueco de su mano izquierda, constituyendo allí el primer espacio cultural, para operar su transformación con su mano derecha.” El tránsito del prehomínido al hombre implicó una profunda transformación de la sensibilidad informativa. El animal percibe sólo “estímulos” de conducta como “sensaciones”, por la incidencia en su sensorio de señales del nicho ecológico, dentro de su sistema de conducta específico. Y sólo es estimulado, si su organismo tiende en ese momento a una acción específica. (Para la leona sin hambre, las cercanas cebras no constituyen estímulos depredatorio-alimenticios, ni estímulo alguno.) En cambio, el hombre percibe “cosas”, con una consistencia propia de cada una, que las hace persistentes en el tiempo y a los cambios de situación. En su antropología, Ghelen señala: “La constancia y la transposicionalidad (…) son las condiciones para que el hombre pueda ver cosas”. (‘El Hombre’, 1974).

Sin esta captación de la constancia persistente de las cosas, identificables pragmáticamente, el hombre no podría manipular técnicamente las cosas, ni transformar su nicho ecológico, ni apoderarse del poder operativo de las cosas, para realizar su vida. Las especies de homo pudieron sobrevivir, no sólo por la incorporación biológica de energía de la naturaleza, sino gracias a la incorporación del “poder instrumental” de la realidad a sus sistemas de comportamiento, constituyendo el hoy llamado exocuerpo.

Un rasgo fundamental de la vulnerabilidad psíquica, es el bajo perfil de las dotaciones naturales del hombre. Su poder para defenderse del medio, y su poder para hacerse con las fuentes de vida es pequeño, por lo tanto necesita la incorporación instrumental cultural para incrementar su bajo poder operativo natural. El hombre que incorpora poca cultura, es más vulnerable frente a los cambios situacionales. En los emigrantes europeos del siglo XX, desde las zonas subdesarrolladas a las desarrolladas, fueron frecuentes los “bouffe delirantes” y “desarrollos paranoides”, pero sólo en los trabajadores no cualificados, no así en los profesionales.

Un sentimiento omnipresente en la psicopatología, es el de impotencia, el sentimiento y sensación de no poder: no poder alcanzar  lo imprescindible para llegar a ser, o no poder alejar la amenaza que se cierne, sobre el que uno ya es. La dependencia de la conducta humana del poder operativo de la realidad, genera vulnerabilidades. La primera, ya dicha, es la dependencia pragmática del poder instrumental, hoy vivida con gran impotencia, por el alejamiento de la técnica respecto del sentido común. La segunda es la dependencia del saber técnico y de su tradición cultural por el grupo para su aprendizaje, lo cual constituye una enorme vulnerabilidad frente a la posible exclusión del grupo social de pertenencia, ya que el sentimiento de supervivencia inicialmente está adherido al grupo. En etno-psiquiatría, en los individuos de las tribus primarias, están descritos tres tipos de muerte biológica por razones psicológicas. Uno de ellos es por la expulsión de un individuo de su tribu.

La evolución transformó la sensibilidad animal en inteligente, haciendo que lo otro sea percibido como cosa real, como “algo” (something) con estructura propia, y al unísono, percibiéndose a sí mismo como “alguien” (somebody), con una estructura propia contradistinta de lo otro y de los otros. Ello generó enormes posibilidades y grandes vulnerabilidades. La primera de ellas sería la pérdida formal de esta distinción entre uno mismo, como propietario de los propios actos, y las cosas del mundo, percibidas como siendo naturalmente por sí mismas lo que son. En la esquizofrenia vemos la “pérdida de los límites del yo”, en que ha insistido Kimura, y con ello “la pérdida de la evidencia natural de las cosas” del mundo, descrita por Blankenburg, y la pérdida de la evidencia cartesiana de sí mismo: el “pienso, luego existo”, como sucede en el fenómeno de “robo del pensamiento”.

Esta vulnerabilidad de la información, que percibe lo otro como siendo la cosa que realmente es, y a uno como sujeto activo, se llama en psicopatología “desrealización y despersonalización”, dos caras de un mismo síndrome, presente en numerosas patologías. Como alteración formal, esto es, ontológica, en la mencionada esquizofrenia. En las “psicosis orgánicas” sucede algo análogo, pero no idéntico. La discriminación epicrítica de cada cosa se va difuminando protopáticamente; las Gestalten van perdiendo su individualidad respecto al fondo y a las otras figuras. Aquí, lo primariamente alterado es el contenido diferenciado de una cosa real respecto de las otras, no su carácter formal de realidad. Se difuminan las diferencias cualitativas, no se pierde la distinción formal entre yo y no-yo, como sucede en la esquizofrenia. Es seguro, pero sólo por inferencia lógica, ya que no es constatable empíricamente, que la vulnerabilidad de la posibilidad de discriminar unas cosas de otras, haya aparecido ya con el primer homo, el “habilis”. Y que la vulnerabilidad esquizofrénica, para la pérdida de la distinción formal yo-no yo, y de la pertenencia de lo propio, haya aparecido después de más de 2 millones de años, con la emergencia del homo “sapiens”, con su clara asimetría hemisférico cerebral, especialmente la antero-posterior con sus estructuras prefrontales.

La experiencia fáctica actual nos muestra que los problemas cognitivos por lesión cerebral se presentan desde la tierna infancia. Y que los fenómenos esquizofrénicos nunca son claros antes de la adolescencia, con su distinción abstracta entre uno mismo y lo otro y los otros. Es en la adolescencia, donde se presentan también, de modo no necesariamente patológico, los primeros fenómenos de desrealización y despersonalización.

Surgimiento explícito del nivel simbólico y de lo mental:

La capacidad de percibir cosas distinguidas y persistentes por su propia consistencia -más allá de la propia acción y percepción- que aparece en el comportamiento práctico-técnico del ser humano desde el inicio, y que vemos en la conducta pragmática del niño al final del primer año, da paso a la aparición del “nivel simbólico explícito” y sus manifestaciones, los lenguajes. La persistencia del objeto intersensorial como algo independiente de uno mismo y de las circunstancias, permite su identificación denominativa, no sólo operativa. Surge la palabra, el nombre de las cosas y el lenguaje. Esto permite al homo sapiens y al niño actual, tner presente las cosas por sus símbolos. ¡Y permite al hombre mentar lo que no está presente en su facticidad material, como representación simbólica! ¡¡Ha surgido lo mental!! El sustantivo “la mente”, nombra la cosificación del ámbito de presencia de lo real “en su dimensión simbólica”. Esta presencia simbólica permite al hombre construir lenguajes, cada vez más abstractos, para representar la realidad -los mitos, la poesía, la matemática, la lógica, las teorías. <Con ello surge una nueva vulnerabilidad, la de lo puramente mental, no ya la del cerebro.>

Actualmente muchos biólogos y antropólogos señalan que la evolución biológica se ha desplazado sensiblemente desde las estructuras orgánicas a las comportamentales, siempre operativas en ella, pues el comportamiento informativo es constitutivo de la vida.

Los modos mentales de representación de las cosas aparecen por pasos evolutivos progredientes, cuyo proceso lleva al menos 12 años en el niño actual. Hasta hoy, es imposible datar el surgimiento evolutivo de cada uno de esos niveles, salvo el de las representaciones icónicas explícitas, hace 90.000 años. Pero lo que sí sabemos es que la emergencia de la palabra se monta sobre la identificación del objeto práxico, lo que hoy en lingüística se llama “significado referencial directo”, desde Donnellan, y que es empleado por Putnam en su teoría de la mente. Dentro de la hermenéutica, el mismo Gadamer sostiene que ella, la hermenéutica, alude “a una experiencia, que experimenta realidad y es ella misma real”. (Verdad y Método) Y para Tugendhat, fundado en la analítica lingüística, “Aún si nos restringimos (…) a la comprensión, ésta no se puede reducir a la del lenguaje.” (Antropología en vez de Metafísica. 27)

El surgimiento del plano simbólico completa la transformación de los estímulos en cosas reales “de suyo”, liberando al ser humano de la inmediatez del estímulo. Es el surgimiento del primordio de la libertad de preferir un valor no inmediato a la satisfacción inmediata de la apetencia. Esta capacidad humana está soportada por la última aparición del córtex prefrontal. De aquí que su lesión hace aparecer el fenómeno del “grasping”, la ejecución de una conducta sin apetencia. Por otro lado, la dimensión simbólica, que permite identificar cosas en categorías, hablar y pensar, hizo aparecer otras vulnerabilidades, que posibilitan las agnosias y las afasias.

La distinción entitativa entre la cosa y uno, que genera esa distancia operativa, hizo emerger la imaginación desfuncionalizada, no adscrita a logros pragmáticos utilitarios, apareciendo la “fantasía creativa”. Esto dio al homo sapiens un nuevo poderío, pues le permitió la creación de lo suntuario, como el arte, al liberar las dimensiones fisiognómico-expresivas de sus soportes materiales, y le otorgó su capacidad especulativa, aplicada a la realidad como inquisición abstracta acerca de su estructura. La pregunta por lo que puedan ser las cosas y sus posibilidades está detrás de la artesanía, el arte, la técnica y la ciencia, y de sus enormes poderes.

Pero ese poder cultural de la fantasía, ha constituido una nueva vulnerabilidad, el poder de lo imaginario sobre el hombre. Sin ese poder que las imágenes pueden ejercer sobre el hombre, afectándolo y determinando comportamientos inadecuados a la realidad, es decir, desrealizadores, no habría psicopatología neurótica. <Esta vulnerabilidad del hombre a lo imaginario no está originada en las estructuras cerebrales que median en el proceso, sino en el carácter de realidad con que aparece inicialmente toda información a la mente humana.> Es el fenómeno de “reificación”, bien descrito en el siglo XX. La des-reificación de lo imaginario, la percepción crítica que distingue y diferencia lo tan sólo representado mentalmente, de la presencia fáctica de la estructura de la realidad, es un fenómeno muy tardío en la evolución del comportamiento humano. (Descrito ejemplarmente por Berger y Luckmann.) El niño, durante años, no diferencia la cosa de su imagen o de su nombre.

Todos los fenómenos fóbicos, son desencadenados por la fisonomía de la imagen del objeto o situación fóbica, adscrita a la creencia en la capacidad genérica de amenaza, del tipo nominal de cosa que representa. La fobia no es a este perro, sino a los perros, que incluso es desencadenada por la presencia de la imagen fotográfica de un perro. Una vivencia fóbica se estructura en un mundo al menos parcialmente imaginario, lo cual implica siempre una cierta desrealización. El fóbico no puede utilizar el objeto o la situación fóbica para realizar su vida. Lo propiamente destructivo en las fobias, es la conducta evitativa.

Emergido expresamente el campo simbólico como palabra, el lenguaje configura el mundo de vida habitual como textos semánticos, que describen los entes que aparecen en él, sus correlaciones y su modo de funcionar. Esto es, el logos expreso, la palabra, construye la trama de una ontología. Cada grupo social crea su propia ontología, que constituye su “campo de realidad” habitual y soporta el “sentido común” del grupo social de pertenencia. Jaspers nos dice: “lo que en la práctica es realidad, es (…) un significar de las cosas, procesos, situaciones. (…) como saber acerca de la realidad que me concierne (... tal) como se me ha estructurado (…) en su contenido por la tradición y la cultura en que he crecido y en que fui educado”.

Este “saber” sobre el contenido real del mundo, hay que diferenciarlo del carácter formal de realidad, de todo lo percibido. El operar como real del contenido consabido de los relatos ontológicos del sentido común de la comunidad, es una reificación que constituye el suelo creencial de la mentalidad, en que se fundan los juicios de realidad, de la conducta humana ingenua, no crítica. Hoy sabemos que ese “troquelado” (o imprinting) significativo inicial, del proceso comunicativo entre niño y entorno, tiene un correlato constructivo a nivel de las redes neuronales del sistema nervioso.

En la infancia cultural del homo sapiens, su mentalidad fue “mítico-mágica”, como lo es hoy en la niñez. El niño pequeño vive en un mundo mágico, animista, fisiognómico, sin distancias, de causalidades psíquicas operantes a través de los gestos, y sometido a las influencias emocionales del entorno, del cual no se ha distanciado minimamente. El niño de segunda infancia cambia su mundo mágico primario por un mundo mítico, donde sus padres y mayores son héroes que gestan la identidad de su mundo, y su propia identidad social. La vida del niño es configurada, hasta la adolescencia, de un modo exclusivamente “heteronómico”, desde criterios, creencias y valores externos al niño. Recién en la adolescencia surgirá la posibilidad de la “autonomía”, de construir un mundo propio y una propia identidad personal desde sí mismo. Emerge la posibilidad de la libertad personal y de la autorrealización, constituyendo la intimidad personal.

Estas nuevas dimensiones humanas, generan más independencia frente al medio -en este caso al medio social- y mayor dominio sobre él. Pero también generan las correspondientes vulnerabilidades, en este caso el posible fallo en la madurez personal, que constatamos en la psicopatología neurótica, con sus corolarios de emocionabilidad por falta de distancia afectiva frente a los estímulos y sus fisonomías; la dependencia de los otros y de su reconocimiento identitario, con la consiguiente baja autoestima; la indecisión y la duda permanente, por la necesidad de legitimar sus criterios, etc. En ultimidad, su falta de libertad. Veámoslo.

Libertad personal y su vulnerabilidad (del “id” al “ipse”):

La vida humana fue absolutamente heteronómica hasta el siglo VI antes de Cristo, en toda la geopolítica planetaria. La vida estaba organizada exclusivamente por los metarrelatos mágico-míticos y religiosos de cada sociedad. Aparece entonces la Tragedia griega como tránsito del Mito al Logos, dando paso al surgimiento de la Filosofía y la Episteme, el saber crítico, fundado en el criterio individual. Con ello surge la democracia.

El drama humano en la Tragedia griega -incluida la de “Edipo Rey”- consistió en el surgimiento de la voluntad individual de intervenir en la realización del destino personal, ya trazado por los dioses sociales. Esto daba origen al castigo implacable de los dioses (sociales). Es Prometeo atado eternamente a una roca, mientras un ave le devora sus entrañas -su intimidad- por haber robado el fuego a los dioses, esto es, la lucidez para ver por sí mismo la realidad. O es Edipo, castigado a cumplir su destino marcado por la pitonisa (matar al padre y desposar a la madre: su origen identitario), y a auto cegarse arrancándose los ojos, la propia visión de lo real, por su pretensión de pre-ver y de elegir su propio destino. O, paralelamente, es el drama de Adán y Eva, condenados a la expulsión del paraíso por haber osado comer el fruto del árbol de la sabiduría. (El génesis fue escrito en la misma época que la tragedia griega.)

Una persona, además de conservar su identidad social individual -el “id” que es- tiene que apropiarse de la realidad y de su propia realidad, para poder realizar su propio “ipse”, el ser personal que quiere ser. Tiene que apropiarse de la realidad desde sus propios criterios personales, no desde los criterios impersonales del colectivo social.

Lo personal no sólo es coherente conmigo, porque ya está en mí constituyéndome como ser biológico apersonal (mi hígado), ni es lo que está en mí como individuo de un grupo impersonal (la lengua materna). Lo personal es lo inherente a mí mismo, que yo mismo produzco y hago mío, desde mí mismo. Desde mis preferencias, valores y proyectos personales.

Esto no es sólo apoderamiento, es auténtica apropiación como acción propositiva, de la cual la persona no es tan sólo el sujeto ejecutor, sino el sujeto autor. El guión es suyo. Es la expresión de la autonomía personal frente a la heteronomía social. Es el ejercicio de la libertad. Con ello surge también su vulnerabilidad, señalada frecuentemente en la psicopatología.

La emergencia del “ser personal”, actualmente se manifiesta en la adolescencia, al surgir las funciones abstractas reversibles, terminada la maduración cerebral, lo cual permite al adolescente cuestionar desde fuera los criterios ajenos, que han configurado la identidad social del niño y de su mundo infantil. Comienza la emancipación del “sí mismo” personal. Es el momento en que  emergen nuevas vulnerabilidades.

Para Erich Fromm, el elemento más psicopatógeno en la infancia es el abuso social de la heteronomía, fundamentalmente por la familia, que impide el desarrollo madurativo de la autonomía del niño. Comparto su opinión. La “carta al padre” de Kafka es un documento psicopatológico inestimable sobre ello.

La lucha por la conquista de la libertad personal, persiste hasta hoy, desde hace 2.500 años, como la dramática básica de la existencia humana. Se trata de “qué estoy haciendo con mi vida”. Pero se manifiesta como drama psicopatológico especialmente desde la modernidad, con el surgimiento de la individuación en la sociedad y el desarrollo racional.

La modernidad occidental condiciona, desde su “imaginario colectivo”, la alta incidencia de algunas psicopatologías, como la angustia, el estrés, la depresión, la neurosis obsesiva y la anorexia. También el alto consumo actual de drogas.

La modernidad incrementó la individualidad, pero generó la pretensión de diseñar la propia vida sin limitaciones. Desarrolló la razón, pero creó el racionalismo idealista, que ha llevado a reemplazar las estructuras de la realidad por sus imágenes y representaciones virtuales. Al tiempo, ha desgajado a la persona de las estructuras naturales de la vida y sus recursos, pretendiendo su dominio y control absoluto, para hacerla segura y proporcionarle la felicidad total a través del progreso tecno-científico. Esto generó el sentimiento actual de ser responsable absoluto de la propia vida, sin el poder para alcanzar el orden normativo ideal del “deber ser”, generando la actual personalidad occidental deudosa y culpable, racionalista e hiperreflexiva, más atenida a las posibilidades pensadas que a la realidad constatada. Sin conciencia de los límites reales. Esta “personalidad ideológica” fue descrita por Paul Matusek como típica del siglo XX occidental.

Sabemos, desde Kierkegaard, que la responsabilidad de la propia vida, como totalidad absoluta anticipada en la reflexión, está detrás de la vivencia de angustia. Sabemos, por los estudios de Tellenbach y Kraus, que las sociedades hiper-ordenancistas e hiper-nómicas, como las del centro y del norte europeo, incrementan la vulnerabilidad de tipo depresivo y obsesivo. Entre otras cosas por el sentimiento de “no poder” realizar la vida. El “Nichtkönen” descrito por Binswanger como fundamento del estado depresivo, y por muchos sociólogos como condición vivencial básica del occidental actual.

Las sociedades como la nuestra actual, que demandan y exigen el éxito personal en la vida, generan el estrés como amenaza por no poder alcanzar a hacerlo todo, e incrementan el consumo de drogas, que otorgan la falsa sensación de poder con todo.

El ciudadano occidental medio actual vive en un eterno conflicto de identidades, entre la necesidad de ser absolutamente libre como persona y la necesidad contradictoria de ser reconocida socialmente. La vivencia de amenaza de la propia identidad, por parte de la sociedad, es frecuente hoy a partir de la adolescencia. Es obvio en el “terror” de las sociofobias y también en las dismorfofobias, incluida la anorexia nervosa, con su conflicto entre su identidad social de pertenencia, necesitada del reconocimiento social como imagen pública, y la necesidad de que ese reconocimiento confirme su diferencia personal. La personalidad anoréxica percibe su sociedad como una estructura sin espacio para ella; de aquí surge su pretensión de ser tan sólo un espíritu descarnado, no tener ni ocupar volumen corporal, volumen que ella vive como re-pugnante para su sociedad.

Menos patente, pero mucho más aniquilante, subyace esta amenaza en las neurosis obsesivas, en las que predomina el “horror” a la autoexclusión culpable de la sociedad, por haber faltado al “deber ser” normativo de pertenencia, conjuntamente con el horror de existir en un mundo inmundo, contaminante para la propia persona, en que vive el obsesivo, asediado por las posibilidades de hacer lo incorrecto. Como nos dice von Gebsattel: "La existencia del enfermo (obsesivo) transcurre en una continua (...) lucha consigo mismo, en lugar de con el mundo y las exigencias diarias”. El obsesivo no ha realizado su maduración adolescencial, no ha generado su propio yo axiológico, ni su propia intimidad valorativa, de aquí que no distinga con claridad, en el campo de lo moral, entre su “ocurrencia obsesiva” íntima, como posibilidad de hacer algo reprobable por su sociedad, y el hecho fáctico de su ejecución. El obsesivo no se apropia de su intimidad.

Recuerdo aquí la falta de incidencia de los cuadros obsesivos en las sociedades de estructura no occidental-moderna.

La actual vulnerabilidad psicopatológica es básicamente la pérdida del ser personal, de la propia identidad y la pérdida de lo propio. Esta no es una expropiación de lo que ya era propio como en la patología somática. Aquí la enajenación es fruto de una acción des-apropiadora de la propia persona, quien despersonaliza lo que tiene que personalizar, y en ello se despersonaliza, pasa de ser un sujeto activo a ser un objeto pasivo de la dinámica que padece, se convierte en paciente. Como dijo Gadamer “la enfermedad se auto-objetiva, la salud no”.

El humano puede alienar des-apropiativamente todo: su conciencia axiológica en el obsesivo; su cuerpo en la hipocondría o en la anorexia; su expresión en las dismorfofobias y en las sociofobias; la tercera dimensión de alcance operativo sujeto-objeto en todas las fobias; el tiempo propio para llegar a ser en la ansiedad; el espacio de despliegue personal en la angustia; el poder realizador en las perversiones y en las adicciones; etc.

Hasta aquí este pantallazo sobre el proceso emergente de la identidad humana, con la progresiva aparición de nuevas potencialidades y de nuevas vulnerabilidades. Insisto, la vulnerabilidad de algo y de alguien no lo es tanto de la estructura del cuerpo físico o del organismo, sino de la dinámica del proceso de comunicación diferencial, que va constituyendo la identidad, tanto del polo personal de la relación cuanto del polo del propio mundo.