Modelo de vida y estrés

Las dos características básicas de toda situación estresante: estar en un conflicto del que no se puede salir,  que implique una amenaza para la supervivencia. El estrés implica siempre una situación de amenaza sostenida, dentro de la vida. Es la amenaza sostenida y no resuelta la que determina el síndrome de agotamiento fisiológico y psicológico. Lo amenazado es la propia identidad, que implica el sentido absoluto de destrucción, sea real o imaginario, siempre desde contextos interpretativos implicados.

La cultura occidental actual contribuye a la usual presencia del estrés en su población. La Modernidad está caracterizada por la "racionalidad" y el incremento de la "individuación". El desarrollo de la “personalidad ideológica” de la población occidental, “hiperracionalista", e “hiperreflexiva” (Matusek), ha llevado a sus miembros a estar “orientados por la urgencia del diseño: el diseño de sí-mismos". (Bauman) La pretensión de fabricarse a sí mismo y al mundo, “sustentada sobre una infraestructura imaginaria, la expansión ilimitada del dominio racional", genera impotencia, amenazando la propia existencia, vivida como dependiente del poder tecnológico.

En la post-modernidad “buscamos la identidad” (Baudrillard), “el destino producido socialmente” (Giddens) en “un mundo constantemente amenazado por el poder absoluto de la sociedad” (Touraine). El conflicto amenazante de “to be or not to be” está servido.

Estado de la cuestión

El estrés se ha convertido en una de las siete plagas de la vida actual en los habitantes del mundo occidental. Su prevalencia en la población general, tomando en cuenta todas sus formas de presentación, es altísima, y sus consecuencias son devastadoras, no sólo para la salud de la existencia humana individual, sino también para la salud de las sociedades y de la economía de los estados. Como muestra, sólo señalaré la ola de suicidios, en el último par de años, entre los empleados de una gran empresa francesa, sometidos a un enorme estrés laboral.

Las dimensiones biológicas del estrés son importantísimas, como sabemos desde que Selye inaugurase el tema, con el descubrimiento de las reacciones en el eje hipofiso-suprarrenal y sus consecuencias sistémicas sobre el organismo, sometiendo a sus ratas a una agresión biológica por inyección de concentrados tisulares. Pero lo que aquí me interesa exponer es el tema de la dimensión comportamental del estrés, no el estrés celular, causado por procesos intraorgánicos, metabólicos por ejemplo, como el hoy manido estrés oxidativo.

Me refiero al estrés causado por situaciones de vida que afecten psicológica o comportamentalmente de modo amenazador al individuo, como ya establecieron las ulteriores investigaciones del mismo Selye, poniendo a sus ratas en la disyuntiva entre sufrir una descarga eléctrica en sus patas, si apretaban la palanca para recibir comida, o morir de hambre si no lo hacían. En este inaugural ejemplo histórico, trasparecen las dos características básicas de toda situación estresante: estar en un conflicto del que no se puede salir, y que éste implique una amenaza para la supervivencia. En el conflicto hay presencia de dos absolutos irrenunciables y contrapuestos, no sintetizables, ni elegibles discriminadamente, uno u otro.

Claro que estas dos características son frecuentes en los cuadros psicopatológicos de los trastornos afectivos, los que podemos llamar timopatías y que corresponden aproximadamente a los trastornos neuróticos, desaparecidos de las nomenclaturas inspiradas en el positivismo lógico, pero muy presentes en la clínica diaria y hoy resucitando también conceptualmente en las publicaciones. Véase Tyrer, por ejemplo.

Esto se relaciona con el tomar en cuenta “todas las formas de presentación” del estrés, ya que la situación de amenaza vivencial, implicada en el estrés, está presente nuclearmente en muchos cuadros de la psicopatología de la afectividad. Por ejemplo, la vivencia de amenaza es esencial en las experiencias de ansiedad o angustia. La angustia es una vivencia de amenaza al self, vivida como inminencia de “dejar de ser” el que ya se es, experimentada como estrechamiento del espacio vital, hasta oprimir al propio cuerpo viviente. La ansiedad es una vivencia de amenaza, experimentada como sensación y sentimiento de agobio por no tener tiempo para hacer lo necesario para “llegar a ser”.

La vivencia de amenaza también está en todas las fobias, de aquí que en ellas el temor sea angustioso. El objeto o la situación fóbica amenaza al sujeto fóbico con su destrucción, cosa que en algunas de ellas termina sucediendo, como efecto del comportamiento fóbico evitativo, no de la amenaza vivenciada. Así la destrucción biológica en algunas anorexias graves, y de la estructura existencial en otras dismorfofobias o en las agorafobias severas.

También en las depresiones subyace la vivencia de amenaza a la propia existencia, pues esta, para ser realizada, depende de los recursos del mundo, y la esencia de la situación depresiva es la vivencia de inaccesibilidad del mundo. De aquí la usual presencia de angustia en sus cuadros psicopatológicos.

Se me dirá que todos estos cuadros sintomáticos son entidades clínicas diferentes. Pero esta tesis, que ha originado la actual desmesura de la comorbilidad, ya no la cree nadie. Hoy se demanda una psicopatología comprensiva, que capte la unidad esencial de los síntomas, de las verdaderas entidades nosológicas, y no meros cuadros sintomáticos sumatorios. Es necesario buscar las unidades psicopatológicas de los distintos campos de la conducta humana, fundamentadas en los distintos niveles naturales de organización antropológica.

No existe estrés sin angustia o ansiedad, sean estas agudas o de trasfondo. ¿Cuál es entonces la diferencia entre ellas y el estrés? Se encuentra en la primera característica de este, señalada al principio junto con la de la amenaza, estar en un conflicto del que no se puede salir. Un conflicto no es un mero problema. El problema se encuentra delante del sujeto (pro). En cambio, el sujeto se encuentra dentro del conflicto, el cuál, por lo tanto, lo rodea, lo circunda y lo abarca por entero, o así lo siente él. Que el problema esté delante permite que el sujeto pueda objetivarlo. El conflicto donde alguien está atrapado, como circunstancia vital o existencial, impide su objetivación. De aquí que la angustia sea un sentimiento sin objeto, pues su referente intencional es la imposibilidad de el todo, no de algo. Es la propia vida global la amenazada por la nada, o la propia identidad, el self.

Esta característica abarcativa del conflicto, es lo que le otorga su capacidad de amenaza, que es siempre total, frente a un riesgo que es siempre parcial. Un riesgo puede asustar o atemorizar. Una vivencia de amenaza angustia.

El estrés implica siempre una situación de amenaza sostenida, no meramente puntual. Ya el propio Selye distinguió tres fases en su descripción original: reacción de alarma, adaptación y agotamiento. Es sólo la última fase, cuando los mecanismos de defensa o huida fallan y la situación de amenaza permanece, lo que constituye el trastorno de estrés como patología. Y esto tanto en el orden somático cuanto en el psíquico. El propio término original en inglés, stress, significa presión sostenida, fuerza constrictiva, carga, esfuerzo y agotamiento. Y su correlativo distress, significa peligro, dolor, tensión, agotamiento, y hoy, angustia.

Es la amenaza sostenida y no resuelta la que determina el síndrome de agotamiento fisiológico y psicológico, con sus consecuencias y síntomas de todos conocidos. En este sentido, todo estrés implica la angustia, y todo estado sostenido o crónico de angustia o ansiedad, implica algún grado de estrés. Lo mismo digo respecto a los estados depresivos de cierta duración, donde es constatable la inmuno-depresión, característica del estrés. De aquí la supuesta comorbilidad entre estos síntomas.

Precisemos aún el concepto de amenaza. Su característica de riesgo total implica que lo amenazado es la estructura esencial o constituyente de una entidad, esto es, su identidad. Se habla de riesgo de una dimensión de una cosa, pero lo amenazado es la estructura integral de esa entidad. Así, se habla de amenaza de ruina del edificio entero, o que la depresión financiera amenaza el sistema económico global. En el caso de la vida biológica, la amenaza es la muerte. En el caso de la vida humana, la vivencia de amenaza está referida a la propia identidad del sujeto (el sí mismo) y a la identidad de la propia vida, con la identidad narrativa del sujeto.

Debo subrayar enfáticamente que lo afectante en la amenaza, es la “vivencia de amenaza”. El posible asesino amenaza como sujeto activo a su posible víctima, pero esta sufre la vivencia de amenaza, como objeto pasivo de ella, <mientras la amenaza no se cumpla>, claro está. La vivencia de amenaza es la presencia de la posible aniquilación de la vida, pero dentro de ella. Lo que amenaza al hombre es el sentido de su aniquilación, que lo afecta alterándolo con perder la mismidad. Esto es lo que quiere decir alterar.

Toda amenaza implica el sentido absoluto de destrucción. Pero “el sentido”, como presencia de información simbólica, puede corresponder a la posibilidad real o la meramente imaginada. El campo de las “Timopatías” o trastornos afectivos, está organizado por la absolutización imaginaria de un sentido vivencial. En las fobias es la absolutización amenazante del sentido de peligro. En las filias o dependencias es la absolutización de una apetencia, transformada en necesidad vital.

Lo simbólico, los significados y los sentidos, se hacen siempre presentes a un entendimiento interpretativo desde contextos implicados. Los significados implican el contexto cultural, que determina el campo real y el criterio de realidad, el llamado “sentido común”. Y el sentido personal de algo, depende del contexto subjetivo histórico de cada persona. De aquí que -se diga lo que se diga en los actuales manuales de diagnóstico- no hay estresores objetivos, todos ellos son subjetivos. De hecho, hablar de “los estresores” es una sustantivación reificante, una cosificación. Lo que amenaza y estresa a unos, ni amenaza ni estresa a otros, como sucede en las fobias y también en la vida cotidiana normal. El significado y sentido de las cosas y situaciones son símbolos mediados simbólicamente. Hoy muchos ladrones amenazan con armas simuladas, para disminuir la pena, si los atrapan, pero la apariencia de amenaza surte su efecto, sin duda.

El “trastorno por estrés postraumático”, tema central de este simposio, se sustenta en la permanencia imaginada del trauma, sea en los ensueños, en el recuerdo o en la revivencia desde indicios fisiognómicos, apariencias que presentizan en la fantasía la “estructura de sentido” amenazante, no el hecho fáctico. Ya sabéis que las propias fuerzas armadas norteamericanas, que crearon el concepto con la guerra de Vietnam, lo están cuestionando hoy.

La cultura actual y su relación con la Vivencia permanente de amenaza

- LA MODERNIDAD está caracterizada nuclearmente por el desarrollo de la "racionalidad" y el incremento de la "individuación", la llamada emergencia del sujeto y la subjetividad, por Touraine y otros.

La racionalidad, unida al desarrollo científico-técnico como "razón instrumental", fue produciendo lo que se ha denominado el "desencantamiento" del mundo. Se pasó de una sociedad teológica y teocrática (en el Medioevo) a una sociedad secularizada y tecnocrática. En aquella,  los grandes relatos (los "metadiscursos" mítico y religioso) otorgaban sentido a la vida y daban coherencia al mundo, constituyendo éste en morada familiar para el hombre. El mundo de la modernidad, especialmente el posterior a la Ilustración, se vio desposeído de su sentido, ya que la  ciencia explicita la estructura fáctica de la realidad, pero es muda respecto de su sentido. Hoy, el mundo es vivido como ajeno, alienado de la vida del hombre, y más como desafío y exigencia, que como recurso de vida.

La “muerte de Dios”, el absoluto, hizo desaparecer a Dios de la vida cotidiana, pero no su lugar, como bien señaló Nietzsche. La demanda de "sentido absoluto", traspasada a la filosofía, contribuyó al "idealismo racionalista" que impregnaría el siglo XVIII y el XIX, favoreciendo el desarrollo de una "mentalidad hiperracionalista", e “hiperreflexiva”, señaladas por Beck en la sociología y por muchos clínicos en psicopatología. Ello fue desarrollando una "postura intelectualista" y una "personalidad ideológica" en el seno de la cultura occidental, descrita con gran rigor por Paul Matusek, y en castellano por Nolberto Espinosa.

La demanda de sentido absoluto, traspasada a lo social, contribuyó no sólo a originar las "ideologías" absolutistas del siglo XIX y del XX en lo político, sino también en la vida cotidiana. Este cambio de marco general de referencia de la vida desplazó el antiguo temor medieval a la violencia física y a Dios, a un nuevo temor, de tipo psíquico, a la pérdida de prestigio en el entorno social, que dura hasta la actualidad, como nos señala Bejar. 

El otro eje de la Modernidad, junto a la racionalidad, fue el desarrollo del sujeto individual desde el Renacimiento hasta nuestros días, tan bien descrito por Renaut. Apunto sólo lo esencial.

En el Renacimiento el ser humano toma conciencia de su singularidad como sujeto activo, creador; firma sus obras de arte. Toma conciencia de sí mismo como "sujeto" contradiferente del "objeto" en su relación cognitiva con el mundo, allí está Descartes. También se descubre como sujeto singular e independiente respecto al grupo, es el tema de la autonomía individual frente a la heteronomía social, con su conflictividad comunitaria e intraindividual, bien estudiadas por Castoriadis o por Luhmann.

Esa conciencia de sí mismo como sujeto, lleva al Hombre moderno a querer fundar su propio destino, esto es, a la pretensión de libertad como auto-fundación. Esto desarrolló -positivamente- la autonomía de la conciencia y la postura crítica. Pero, por el lado negativo generó la culpa personal respecto de sí mismo, típico producto de la modernidad, ya que la realización individual se vive como el producto exclusivo de la propia responsabilidad. Esto configuró nuestra “sociedad del riesgo”, descrita por Beck. Riesgo es el peligro que surge en/para la vida por las propias iniciativas, que se transforma en amenaza si lo que está en juego es nuestra identidad, por razón de nuestra propia conducta. Bauman apostilla: "La existencia es moderna en la medida en que es orientada por la urgencia del diseño: el diseño de sí-misma".

La libertad auto-nómica desarrolló también en la Modernidad el sentido de lo íntimo y la necesidad de preservar la intimidad de la mirada exterior. Así aparece en la Modernidad la división privado/ público, con sus sentimientos de vergüenza y pudor, lo cual no existía en el medioevo, donde toda actividad tenía lugar a la vista de todos, en público, incluyendo las funciones excrementicias y la sexualidad. Nace así “uno de los grandes miedos (...de la modernidad) el miedo a la exposición” del interior individual a la valoración social, como nos enseña Sennett.

Ahora bien, el desarrollo extremo del sujeto y la subjetualidad, ha dado origen a lo que ya Nietzsche señalara como “los dos rasgos contradictorios que caracterizan a los (europeos) modernos: el individualismo y el igualitarismo”. Es la convivencia conflictiva del sentimiento de identidad "autónoma", personal, propia y diferencial, con la necesidad -al mismo tiempo- del reconocimiento social por pertenencia igualitaria a un colectivo, que nos otorga su identidad "heterónoma". Sloterdijk expone esto con gran claridad.

El conflicto de identidades funda el desgarro actual del individuo, entre su sentimiento de libertad interna de pensamiento, criterios y apetencias, su conciencia reflexiva de autonomía, y su escasa, casi inexistente capacidad de autogestión. El ser humano de la tardomodernidad se siente impotente para realizar, desde sí mismo y por sí mismo, el sí mismo que él quiere ser. Esto implica la amenaza de no llegar a ser por falta de recursos, especialmente de tiempo para hacerlo todo. Surge la vivencia básica contemporánea de la ansiedad por llegar a todo, como responsabilidad existencial.

El triunfo moderno de la "razón instrumental" sacó al Hombre del mundo encantado al cual se sentía re-ligado, y lo sacó de la naturaleza, por su intento de dominarla, de subyugarla tecnológicamente, lo cual implica la necesidad de someterla al control racional. El Hombre quedó por encima de la realidad, sí, pero fuera de ella, en un espacio meramente pensado: de ideas, conceptos, imágenes, modelos, teorías, esto es, de símbolos mentales. En palabras de Heidegger: “el hecho de que el mundo pase a ser imagen, caracteriza la esencia de la Edad Moderna”. La naturaleza racionalizada dejó de ser sentida como morada segura para el Hombre y dejó -esto es fundamental- de ser experimentada como fuente de recursos cotidianos de la potencia humana para la realización de su vida. El sentimiento de poder realizar su vida cotidiana, por apoderamiento directo de lo real, ha casi desaparecido vivencialmente, frente a un mundo percibido como hostil, o al menos como “dura realidad”, difícil de superar, pues siente que el poder es "de" la tecno-ciencia y "del" Estado y “de” los poderosos que nos manejan, pero no de él mismo como ciudadano vulgar. El poder para vivir ya no es su medio, pues este ha devenido un poder instrumental, que le exige y lo amenaza.

Hoy, como señala Baudrillard, son los objetos los que manipulan al hombre. Esta situación existencial de impotencia y sometimiento del hombre moderno, lo lleva a una actitud pasiva, que lo convierte en objeto de las fuerzas exteriores, perdiendo su "estatuto ontológico" de ser un sujeto personal, esto es, un centro activo, propulsor de su propia vida. Pero esta situación es precisamente la descripción de la vivencia de angustia, que oprime al sujeto quitándole su espacio vital propio, de despliegue activo, con la amenaza yoica de destrucción del sujeto activo de apropiación personalizante. Nuestra sociedad actual conjuga una contradicción enormemente conflictiva: exige a cada individuo su personalización, y al tiempo lo despersonaliza. Algo semejante a la situación de las ratas de Selye. Esto, a la larga, lleva al estrés o a la depresión. Dos psicopatologías omnipresentes en la actualidad. Con ello entramos en las características de nuestra cultura coetánea, la "posmodernidad".

Cultura coetánea o posmodernidad:

Lo primero que se suele señalar respecto de la actualidad posmoderna, es el individualismo extremo. En el occidental contemporáneo, encontramos agudizado el conflicto entre un reciente deseo de libertad absoluta frente a la realidad, y la actual pérdida de la exagerada confianza de la ilustración en el "poder de la razón y de la voluntad", para controlar y fabricar la realidad a nuestro gusto. En palabras de Beriain: "La modernidad se sustenta sobre una infraestructura imaginaria, la expansión ilimitada del dominio racional". Pero ya nadie confía en el “progreso”. Con Bonss, señalamos entre los frutos de “la dialéctica de la ilustración: (...la) oposición antropológica (...) entre la racionalización sin sujeto y un sujeto marcado por la impotencia". Como dice Beck, “la reflexividad (moderna ha llevado) su  propósito de preverlo todo, (….al) anhelo quasi divino por controlar lo incontrolable".

Esto incide en el sentimiento de seguridad existencial y psicológica del ciudadano occidental contemporáneo, basada en la detentación del control de la realidad y de la propia vida, lo cual genera un doble conflicto irresoluble. Primero: el control, o es absoluto o no existe. Un buen ejemplo fue el atentado a las torres del World Trade Center, y la ola de pánico que le sucedió, y que continúa. Segundo: el intento de control pone al sujeto fuera de su propia vida. Se conduce desde dentro de un proceso, se intenta controlarlo desde fuera, como el control remoto de un coche o un avión. Pero este deseo de control enajena al sujeto de su propia vida.

Por otro lado, la era del "simulacro", como ha llamado Baudrillard a la posmodernidad, ha socavado esa conquista moderna de separación entre espacio público y espacio privado. Como dice este autor: el hombre contemporáneo vive "la proximidad absoluta, la instantaneidad total de las cosas, la sensación de que no hay defensa, ni posible retirada. Es el fin de la interioridad y la intimidad [reality shows], la excesiva exposición y transparencia del mundo, lo atraviesa sin obstáculo. Ya no puede producir los límites de su propio ser". El efecto de amenaza de esta situación se deriva de una indicación de Heidegger: “un límite no es eso en lo que algo se detiene...sino que es aquello a partir de lo cual algo inicia su presencia.” Pero hoy ya no hay conciencia de límite alguno en nuestra sociedad.

Estas descripciones reflejan el mundo psicológico, o mejor dicho, el “mundo de vida” cotidiano, de la personalidad básica del occidental contemporáneo. Esta no puede deslindar su intimidad del espacio público, ni ocupar su propio espacio en ella. Tampoco puede distinguir con claridad su interior del exterior, en un mundo que ha perdido dicha distinción. Esto es muy claro en otras dos plagas psicopatológicas de la modernidad, la “anorexia nervosa”, y los “trastornos obsesivo compulsivos”.

Esta "liquidación  de las oposiciones exterioridad-interioridad", señalada por Lipovetsky, es también expresada por Touraine: "El mundo parece haberse vuelto plano, como un decorado o una página de escritura. No es más que un texto, un montaje de signos lo más débil posible”. Esto lo vemos incluso en la propia antropología y psiquiatría contemporáneas: la identidad del sujeto ya no es una “forma categorial”, ontológica, hoy no es más que una identidad narrativa, como la de los personajes de una novela. La personalidad contemporánea está expuesta a los símbolos sociales, con su enorme poder, que la amenazan frecuentemente, como señaló Pross. Siente su intimidad subjetiva fóbicamente expuesta al exterior, como un objeto de diseño, como sucede en la anorexia. “El hombre moderno está constantemente amenazado por el poder absoluto de la sociedad”, concluye Touraine. Esto configura el usual sentimiento de impotencia defensiva, con su corolario de amenaza de dejar de ser, de angustia.

Como vemos, es fácil que surja la amenaza constante y el estrés en nuestra sociedad, que además le ha otorgado carta de ciudadanía, considerándolo como normal de la vida. Aquí cabe una crítica a la definición de Heidegger del ser humano como “ser para la muerte”, con su corolario, la “angustia existencial” como rasgo de autenticidad de la existencia. Como dice Lipovetsky: "la autenticidad (...hoy) es un valor social. Hay búsqueda de autenticidad, en absoluto de espontaneidad". La personalidad contemporánea, en búsqueda del reconocimiento de su autenticidad, tiene grandes dificultades para desplegarla en el exterior y construirse su propio espacio vital personal, justamente el espacio que tiende a desaparecer en la vivencia de la angustia, en la cual el espacio vital de despliegue del sujeto se angosta y lo oprime. (La palabra Angustia viene de angosto.)

"El individuo posmoderno está desestabilizado”, nos dice Lipovetsky. Ya no estamos claramente instalados en el mundo, seguros de quienes somos y ocupados en transformar ese mundo, sino pre-ocupados por nosotros mismos. "Ya no buscamos la gloria, sino la identidad", señala Baudrillard. "La modernidad triunfante ha querido sustituir esa sumisión al mundo por la integración social", como señala Alain Touraine; o como dice Giddens, ha originado el "paso del destino desde la exterioridad metasocial (Dios o La naturaleza) al destino producido socialmente". Y sigue: "en la modernidad tardía (...) el sí-mismo(...) tiene que hacerse reflexivamente (...) entre una confusa diversidad de opciones y posibilidades", lo que tiende a generar la desesperanza de alcanzar la propia identidad. Nuevamente  aparece la amenaza actual como ansiedad, no llegar a ser. Hoy se cumple cotidianamente un eslogan central de la ilustración francesa, adoptado por el Gral. San Martín, que dice: “Serás lo que debes ser, sino no serás nada”. El hombre contemporáneo, y más aún la mujer, sufre esa exigencia amenazante de la modernidad que inauguró Shakespeare: “to be or not to be”.

En Madrid, bajo el solsticio implacable del verano de 2.010.