El “sentido común» en la Melancolía

Primero se delimita el concepto de sentido común, dada la multivocidad del término en la bibliografía. Su concepto es correlacionado con el fenomenológico de “mundo de vida” (Lebenswelt), para luego distinguir dos niveles distintos de “sentido común”: el “sensorio común” como percepción supramodal de las cosas aprehendidas por los distintos sentidos sensoriales, como unidades configuracionales (Gestalten) con significados, integrando un sistema coherente de cosas. Esto constituye una “real ontología común”, compartida por los individuos de una sociedad concreta.

Segundo nivel: el “sentido común” senso estricto,  se refiere a la coherencia del modo de afectar esa ontología común, a las personas de esa sociedad con sentidos vivenciales, que ellas sienten como valores positivos o negativos para sus propias vidas.

Se señala luego la diferente alteración que sufren ambos niveles en las neurosis y las psicosis, para mostrar, a continuación, sus particulares perturbaciones en la “melancolía”, haciendo su distinción comparativa respecto de la esquizofrenia.

Por último, se correlacionan sus alteraciones con las características descritas del typus melancholicus, mostrando la intrínseca coherencia estructural del modo de ser y existir del depresivo.

En Congreso mundial sobre Depresión, en Mendoza, Argentina, 2006

En los últimos años se ha hablado bastante sobre la alteración del “sentido común” en la esquizofrenia, con su corolario de incomunicación del sujeto esquizofrénico con su comunidad social. Mucho menos se ha hablado de la alteración del “sentido común” en la depresión, aún cuando constatamos frecuentemente en su clínica cuan alterado puede estar éste, especialmente en las formas melancólicas y de un modo obvio en las formas delirantes.

Se ha dicho -y es de fácil constatación clínica- que es más difícil la comunicación con el depresivo profundo que con el esquizofrénico.

Es cierto que el tema del “sentido común” no es muy antiguo en psicopatología. Tal vez podemos señalar el trabajo de Blankenburg, del año 1969, como el primer planteamiento riguroso en su seno. Pero poco se ha progresado en estos decenios, permaneciendo, a mi juicio, como concepto bastante oscuro y multívoco.

En primer lugar, el término “sentido común” padece una polisemia en las dos palabras que lo constituyen. La primera palabra, “sentido”, tiene al menos dos significados, el de sensorio (sentido de la vista, del oído, etc.) y el de significación vital (¿qué sentido tiene esta frase, ese gesto, este acto? La segunda palabra, “común”, significa tanto habitual, cuanto compartido. Ambos significados podrían conjugarse en el término con-sabido. Pero aquí surgen otros graves interrogantes: ¿Cuál es la colectividad social que comparte lo con-sabido? ¿Es la humanidad, el colectivo lingüístico, el grupo cultural, o cual de otras tantas comunidades tipificables? Y... más grave aún, ¿cuál es el soporte operativo de esa comunidad de sentidos o significados de un determinado colectivo? ¿Cómo se establece y cómo opera lo consabido del sentido común en todos los miembros de una colectividad? ¿Es una mera identidad lingüística universal, como algunos pretenden? Si fuese así las alteraciones del sentido común serían disfasias y su pérdida sería una afasia. ¿Es esto así?

No pretendo resolver todos estos interrogantes en esta ponencia, no sólo por falta de tiempo, sino también por falta de conocimientos. Pero sí pretendo dos cosas: primero situar el concepto de “sentido común” donde hoy se encuentra conceptualmente éste, fuera del campo de lo obvio. Operamos naturalmente dentro del sentido común de las cosas, hechos y sucesos habituales. El concepto de sentido común no pertenece al sentido común. Por lo tanto no lo podemos usar en la ciencia psicopatológica como si así lo fuese.

Lo segundo que pretendo exponer en estos pocos minutos es un esbozo de algunas dimensiones del tema que permitan entrever algunas distinciones conceptuales y algunas diferenciaciones operativas que apuntan a la posibilidad de discriminar las alteraciones del sentido común presente en las psicosis, de aquel que se presenta en las neurosis. Y dentro de las psicosis, intentar establecer una primera distinción entre su alteración en las psicosis tímicas respecto de la esquizofrenia.

El “sentido común” como concepto

La primera conceptuación crítica del “sentido común” la realizó Aristóteles como sensorio común (Koiné aisthesis), lo que hoy llamaríamos percepción supramodal; lo que hace que percibamos sensorialmente “cosas” y no meramente sensaciones aisladas con cada sensorio. Al tiempo, Aristóteles señaló la común o correlativa presencia del sujeto percipiente en el acto de percepción de la cosa.

Esta primera conceptuación señala la presencia de la unidad del objeto percibido, accesible intermodalmente por los distintos sensorios, al tiempo que la presencia de la unidad del sujeto sensorialmente percipiente.

Esa unidad de la cosa, más allá de las diferentes sensaciones, condujo a la naciente filosofía griega a percibir las cosas con un “ser” propio, lo que originó el concepto de naturaleza (Physis), del cual, en alguna manera, todavía participamos. En el siglo III, Plotino postula expresamente que es la “unidad” de las cosas lo que sustenta el ser de ellas. Volveré sobre esto, dado que condice con la más actual visión científica y filosófica de la realidad.

La Koiné aisthesis griega, la comunidad sensorial, fue traducida al latín como sensus communis, denominando los gustos y valores habituales de la comunidad social. El sentido común adquiere el sentido, que perdura hasta hoy, de compartir y atenerse a los criterios de la sociedad, respecto de lo que es real y del modo de ser de esta realidad.

En este modo actualmente preponderante de entender el sentido común, suele no diferenciarse entre el modo de ser de las cosas reales y el modo de afectar éstas a la vida humana cuando ellas entran en la realización concreta de la vida de alguien. Las cosas de nuestro entorno vital están presentes con el carácter de ser reales y de ser algo concreto por sí mismas, algo que puede ser designado (árbol, perro, automóvil, etc...) y puede ser descrito o analizado en su ser, generalmente de modo operativo, en relación con las otras cosas copresentes. (El árbol es una forma vegetal de vida que capta la energía solar, el perro una especie doméstica de forma animal de vida que sirve como guardián, el automóvil un instrumento artificial de transporte terrestre, etc.).

Este ser de las cosas, que recibe nombre y descripción funcional (correlaciones operativas) constituye las cosas de nuestro mundo habitual de vida, las unidades consistentes y persistentes de estructuras perceptivas con significado. (casa, banco, golondrina, nube). Las cosas tienen significado, aunque sea el de desconocido o misterioso y percibimos naturalmente cada cosa con “su” significado, que señala correlaciones operativas con las otras: el perro se mueve de un lado a otro y busca en verano la sombra del árbol, que está fijo a la tierra y lo cobija, mientras al automóvil lo mueve la energía de la gasolina y puede atropellar fácilmente al perro y matarlo, o matar a sus ocupantes si choca con el árbol.

Todos estos significados aparecen normalmente como una unidad funcional coherente de todas las cosas presentes, constituyendo una estructura sistemáticamente integrada como mundo de vida natural de los individuos humanos. Uso el término “mundo de vida” en el sentido fenomenológico de Husserl y seguidores.

Pero el significado de ese conjunto de cosas que nos rodea y que entendemos de modo natural, no nos afecta usualmente con su mera presencia, sino que aparece como un mundo significativo con neutralidad para nuestra propia vida. Hasta el momento en que algo de ese mundo entra en nuestra propia vida afectándola (positiva o negativamente) en su realización. Entonces esa cosa (o situación) cobra importancia, ha sido im-portada desde el mundo neutral al seno del campo de nuestra vida, afectándola y afectándonos. Algo (con significado) cobra sentido en/para nuestra vida y somos afectados, sentimos su sentido para nosotros como sentimiento respecto de esa cosa o situación. Eso ya no es un significado neutro (auto que pasa por la calle), que entendemos o captamos intelectivamente, es algo que afecta a nuestra vida (auto que atropella a nuestro querido perro), y que cobra el sentido o valor (destructivo en este caso) que experimentamos como vivencia, como estructura de vida propia que se hace explícita (leben: vivir, que se hace erleben: vivenciar explícito), como sentido transformativo de nuestra propia vida. Esta transformación explícita es lo que cobra sentido como sentimiento, como afección.

Las cosas, hechos o sucesos que no nos afectan tienen significado general para la vida humana, que entendemos como lo natural del mundo en que vivimos colectivamente. Lo que nos afecta tiene sentido personal para nuestra propia vida, lo que sentimos afectando nuestra intimidad. Los significados conciernen a la identidad compartida de las cosas para el conjunto social de individuos de esa sociedad. El sentido me concierne a mí, a la persona a quien algo afecta con un valor (de bien o mal) particular. Los valores práxicos –no los abstractos- afectan de modo diferencial a cada persona. Lo que gusta a uno disgusta a otro.

Dicho esto, lo primero que hay que señalar es que no existe estrictamente hablando, un “sentido común”, ya que los sentidos son personales y no sociales o colectivos. Lo que sí hay como identidad colectiva es un “mundo de vida” común, esto es, una unidad estructural de cosas (Gestalten con significado) distinguidas, al tiempo que integradas en un sistema, que opera como campo de realidades en donde y con las cuales los individuos de esa sociedad realizan sus vidas. Es lo señalado por Jaspers en su Psicopatología General, cuando dice: “lo que en la práctica es realidad, es constantemente un significar de las cosas, procesos, situaciones (...) es el amplio campo de lo real (...) con que cuento prácticamente (...) como saber acerca de la realidad que me concierne, (...tal) como se me ha estructurado y desarrollado en su contenido por la tradición y la cultura en que he crecido y en que fui educado”.

Este campo de lo real corresponde al campo lógico que constituye el “criterio de realidad” y fundamenta los juicios de realidad. Este campo de lo real constituye una ontología (el logos de los entes), la ontología natural de una colectividad humana, que constituye el “mundo de vida” habitual, en donde habitan todos sus miembros, participando de esa realidad colectiva que permite la comunicación y el acuerdo significativo entre sus individuos de pertenencia. Esta realidad común es la que soporta la lógica coherencia del comportamiento individual y la coherencia lógica (el logos común) del comportamiento de la colectividad.

Es la estructura del campo de realidad lo que es común a una colectividad monotradicional. Pero esto constituye la “ontología” de esa cultura, no el “sentido común” (correspondería a lo que hoy podemos denominar “paradigma” de lo real). Otra cosa, pero muy importante, es que esa realidad común a esa sociedad fundamenta el sentido común, entendido no como valores vitales comunes a todas las vidas de sus individuos, si no  entendido como sentido sensato o lógico por ser acorde con esa realidad común, consabida. Claro que una colectividad social determinada tiene unas expectativas de sentido –de afectación de la vida- acotado a las posibilidades inherentes a su campo de realidad, a su ontología. Pero este no es un “sentido común”, es una común expectativa de sentidos posibles.

Cada modo particular de ser de lo real condiciona sus particulares modos operativos, por lo tanto, su capacidad y modo de afectar a los hombres y lo que éstos pueden o no hacer con esa realidad. La tesis ontológica fundamental sería: “no todo es posible”. Este es un criterio de realidad fundamental también en psicopatología. La vivencia de amenaza de un ornitofóbico no está fundamentada en la capacidad real de agresión de los pájaros, a pesar de la estupenda película de Hitchcock.

Cada realidad tiene su abanico de posibilidades y de imposibilidades, que dependen de su modo de ser. Pero la presencia de los modos de ser de la realidad depende de contextos culturales y epocales. Es lo que corresponde a cada ontología en relación con cada mentalidad o forma mental. Un adulto occidental que hoy vivencia como real una historia de sucesos con dragones, muy probablemente está delirando, pero esto no era así en el medioevo. La acción propositiva a distancia de los objetos inertes pertenece al normal criterio de realidad en las culturas animistas, actualmente presentes en algunas geografías. Pero está fuera del criterio de realidad del occidente actual, cuando se presenta en las fobias a cuchillos u objetos punzantes. Esto mismo permite al propio paciente tener conciencia de su patología, ya que percibe su pánico como carente de lógica, como injustificado por la realidad.

La conclusión de todo ello es que el “sentido común” sólo es común a una comunidad de individuos en sus condiciones de posibilidad desde el criterio de realidad u ontología vigente en cada sociedad, coherente con su mentalidad.

Sólo desde aquí podemos entender y valorar las llamadas alteraciones del “sentido común”, tanto en su sentido de compartir criterios sociales cuanto en su sentido de ser lógico o coherente con la realidad habitual de esa sociedad.

El “sentido común” en las neurosis

Dentro de sus estructuras psicopatológicas, pero no en el resto de vida de esas personas, encontramos alteraciones del sentido común que, al menos en principio, no interfieren la comunicación social, ni coloca a esas personas fuera de la colectividad. Se trata de alteraciones del sentido de cosas o situaciones particulares, en general como absolutización de un sentido, que afecta entonces al paciente no como un sentimiento particular, sino como un humor, un ánimo o un temple, como un afecto que embarga su relación general con el mundo de vida. En las fobias, no es el miedo por un riesgo parcial, es el pánico por una amenaza global. En las adicciones no es la apetencia de un bien relativo, es la necesidad de lo imprescindible para sobrevivir.

Aquí la alteración del sentido afectante no es patológica porque sea un sentido personal, distinto que el sentido que esas cosas o situaciones puedan tener para otras personas. Insisto en que los valores y afectos personales son esencialmente diferenciales. Aquí lo patológico está en que el sentido vivenciado por el paciente no está dimensionado desde la realidad, no corresponde coherentemente a su estructura operacional; lo que altera o impide la normal realización de la vida con esas cosas o en esas situaciones. El fóbico no puede usar esos objetos o estar en esas situaciones. El adicto necesita dedicar su vida al consumo, en lugar de incorporar para vivir.

En las neurosis la alteración reside en  el ámbito de sentido de las cosas que afectan la vida, pero en ellas la estructura del campo real genérico, la ontología, no está alterada, al menos fuera de los ámbitos sintomáticos. Esto permite a esas personas comunicarse suficientemente bien con las otras personas de sus colectivos y ser suficientemente eficaces en la realización de sus vidas. Esto último suele no ser así en los extremos, en las neurosis muy graves, por ejemplo en las neurosis obsesivas severas. En estas, la absolutización del sentido no es de algunas cosas, es la absolutización del sentido moral heteronómico, que otorga carácter de obligación absoluta a todo, eliminando la libertad autonómica del sujeto para dar valor personal a su campo de vida. Esto implica la imposibilidad de estos pacientes para distinguir y discriminar, en sus vidas, entre el plano lógico (meramente pensado) de lo posible y el plano experiencial de lo real y lo realizado. El ámbito de las meras posibilidades cobra el carácter de ser realidades actualizadas, es lo que configura las “ocurrencias obsesivas”. Esto confiere, a veces, a estos pacientes un aire psicótico.

La alteración psicótica del “sentido común”

Lo que confiere carácter psicótico a un cuadro psicopatológico no es la alteración del sentido afectante de las cosas o situación para el sujeto, no es la amenaza invasora de una emoción, ni el desánimo paralizante o el humor tenebroso. Lo psicótico consiste en la alteración de la ontología del mundo de vida del paciente, esto es, la modificación estructural del campo de realidad del sujeto. Esta trans-formación ontológica se da en el plano de las estructuras perceptuales y cognitivas, no afectivas. En las psicosis son modificadas las estructuras gestálticas sensoriales y la unidad del sistema significativo del mundo, el modo de ser esencial de las cosas y el modo de operar entre ellas, por ejemplo causalmente.

Por el lado de la persona, esto implica una transformación global de su mentalidad, de su estructura mental, y una transformación de la unidad identitaria del sujeto, una transformación de su mismidad.

En las psicosis el sujeto deviene otro y el mundo se convierte en otro, ya no es el mismo mundo de vida prepsicótico en donde habitaba con su colectividad interindividual. De aquí que secundariamente el psicótico pierda su comunicación integradora a la sociedad. Otras consecuencias secundarias de la transformación ontológica del mundo psicótico, del cambio en el modo de ser de la realidad y del modo de ser del sujeto psicótico, es la alteración del modo general de ser éste afectado por el mundo y la alteración global de su conducta en el mundo, con pérdida de las estructuras realizadoras de la conducta, ya que sus juicios de realidad carecen  de coherencia con la realidad misma, pues ésta aparece con otro modo de ser. <<El cambio ontológico crea otro criterio de realidad que altera el juicio de realidad>>. Pero lo estrictamente psicótico es el cambio ontológico, la transformación del campo de realidad, que transforma el modo de ser de las cosas para el psicótico, y el ser del propio sujeto, su identidad.

Ahora bien, como todos sabemos, existen muy diversas estructuras psicopatológicas psicóticas, a las cuales se llega por procesos también muy diversos.

No voy a referirme aquí a todas ellas. Me centraré en la Melancolía, en la psicopatología de las depresiones psicóticas, con una somera contrastación con la psicopatología esquizofrénica, que permita distinguir más claramente el trastorno melancólico.

El “sentido común” en la Melancolía

En el caso de la psicopatología depresiva, ¿cuándo decimos, que ésta se ha tornado psicótica? Aunque el tema sigue siendo controvertido, partamos de la estructura depresiva no psicótica. (Recuerdo que estoy hablando en el plano de la psicopatología, no en el de la nosografía clínica.

A la psicopatología depresiva le es esencial la pérdida de disponibilidad del mundo, como fuente universal de recursos para realizar la vida. Es el autismo existencial del depresivo, señalado por Glatzel, para quien “la personalidad del depresivo carece del sentido de lo posible”. Es prácticamente lo opuesto a lo que señalé en el caso del obsesivo. Para éste la posibilidad ya es real; para el depresivo lo real carece de posibilidades para él.. El mundo se ha vuelto inaccesible –es lo que implica el humor depresivo- y/o el mundo se ha vuelto inapropiable -es lo que implica el desánimo depresivo. La conjunción de ambos torna al mundo indiferente, sin sentido, es lo que implica el temple depresivo. Por el lado de la persona, a esto corresponde un sujeto impotente y un sujeto desvitalizado.

La tristeza, cuando aparece, es el sentimiento por la pérdida de los bienes y recursos de la propia vida. Es la tristeza por la pérdida de lo estimable de mi vida, o mejor aún, de la vitalidad de mi vida, la cuál se convierte en una triste vida de mera supervivencia.

En la depresión psicótica o melancólica, no es ya sólo que el campo de realidad sea vivenciado como inaccesible para el sujeto y, por lo tanto inapropiable, indisponible por el sujeto, con pérdida de sentido vital para su propia vida, sino que esas características de desafectación, de indiferencia para la vida del depresivo se ontologizan, pasan a ser percibidas como modo de ser esencial del campo real.

Lo inaccesible del campo real se convierte en espacio abismal que coloca al mundo allá, en un horizonte lejano, como realidad espacialmente inaccesible, como realidad plana, bidimensional. Desaparece la tercera dimensión del mundo, la dimensión del alcance. La ontología natural tridimensional se convierte en bidimensional.

La inapropiabilidad de lo real, la imposibilidad de disponer de las posibilidades de lo real para realizar la propia vida, se torna en realidad carente de dimensión de lo posible, es ahora una realidad sin posibilidades. Esto convierte al campo de realidad en un mundo muerto, carente en sí mismo de vitalidad, es ahora una ontología absolutamente cosificada y rígida, adinámica, atemporal o eterna, fuera del cambio constructivo de la temporalidad. La ontología pierde su dimensión temporal.

La indiferencia vital, la pérdida del sentido personal de la realidad para el depresivo también se ontologiza, perdiendo la realidad sus caracteres estésicos, sus caracteres sensoriales organolépticos. La realidad no sólo pierde el sentido como significado vital, si no que pierde su condición de afección sensorial, carece ahora de energía de impresión de los sentidos. Esto configura la anhedonia y, en el extremo, el estupor melancólico, en el cual el autismo existencial del depresivo se convierte en desconexión vital organismo-medio. La indiferencia afectiva se ha ontologizado como in-diferenciación biológica, ya no hay estímulo-respuesta.

Por el lado de la propia persona, de la mismidad del sujeto, el sentimiento y sensación de impotencia del depresivo se transforma en inactividad, que tiende a ser total en el melancólico y parálisis en el estupor. Inactividad que no es meramente del sujeto de conducta, si no también del organismo, que enlentece su fisiología y se desvitaliza.

La desvitalización afectiva y comportamental del sujeto, en relación con la desvitalización del mundo lleva al paciente, en la psicotización melancólica, a sentirse muerto como persona, aunque su cuerpo siga vivo. Esto puede llevar al llamado suicidio depresivo, que en realidad no es una autoaniquilación, no es matarse a sí mismo, a la persona, si no matar al propio cuerpo que aprisiona en la carne viva a una persona que se siente muerta. En el extremo de ello, en el síndrome de Cotard, la ontologización de la desvitalización es absoluta, el paciente siente y cree –delirantemente- que su cuerpo está muerto, que ha perdido el carácter de ser un organismo, siente a su cuerpo físico sin órganos fisiológicos funcionantes. El sentido afectivo de desvitalización ha devenido real para el paciente, se ha ontologizado como muerte real.

En el caso de una depresión no psicótica, el sujeto depresivo sigue participando del mundo de vida colectivo, de la ontología habitual de su comunidad, con la cual permanece comunicado, aunque el sentido ominoso de su situación y sus correlativos sentimientos pesimistas y catastróficos no sean compartidos por los otros. En estas depresiones el “sentido común”, en el sentido de significados ontológicos o de modo de ser de lo real, permanece. Por ello también la conducta del depresivo no psicótico, aunque distorsionada por el sentido ominoso del mundo vivenciado, sigue teniendo coherencia con el significado de la realidad habitual, del mundo de vida compartido.

Pero en la depresión psicótica, melancólica, ese fundamento de la comunicación interindividual que es la percepción común, consabida de lo real, ha cambiado de forma de ser, es otra realidad, es otra ontología. Desaparece la posibilidad de la comunicación real por falta de realidad común.

Distinción respecto del trastorno en la esquizofrenia:

El trastrocamiento ontológico en la Melancolía consiste en la pérdida de una dimensión esencial de lo real, sus posibilidades. Claro que esta dimensión de lo posible es esencial a la vida humana, es la dimensión de la realidad que posibilita la realización de la vida. Si lo real del mundo no tiene la posibilidad de su incorporación a la vida de un viviente, este pierde su posibilidad de seguir vivo. Un ejemplo primario, en el plano biológico, sería la condición de no-asimilación del alimento por el organismo.

En la esquizofrenia no es que el campo de lo real pierda dimensiones, aquí lo que se pierde es la integridad del propio campo real, su unidad integral.

Para el esquizofrénico siguen habiendo cosas reales o aspectos reales de cosas, pero lo percibido deja de ser un sistema coherente unitario de aspectos y cosas reales “de” un campo naturalmente correlacionado, de una unidad funcional y significativa por sí misma. En la esquizofrenia el campo de lo real se desestructura, la ontología pierde su logos coherencial. Es la vivencia de “destrucción del mundo” del trema, de la fase de comienzo aguda, cuando esta se da.

El esquizofrénico pierde el mundo de vida natural. Desaparece –para él- la naturaleza, la Physis, como unidad respectiva de todas las cosas del entorno, por lo que ellas son “de suyo”, por sí mismas. De aquí que su entorno pierda la neutralidad natural y todo tiende a percibirse como referido a su persona, ya que, perdiendo el logos natural, la significación ontológica propia de lo real, lo único que puede correlacionar las cosas del entorno es el propio logos del paciente. El logos particular de cada esquizofrénico se ha quedado sin criterio de realidad, que es, recordemos, el campo unitario de lo real, el sistema ontológico. Comienza el delirio, ya sea como percepción delirante, ya sea como elaboración racional de estructuras significantes carente de lógica de campo, de criterio de realidad.

El esquizofrénico pierde el fundamento de su comunicación con los otros, pierde el sentido común, pero no por vivir en otra realidad, como en el resto de las psicosis, incluida la melancolía, o por vivir en un mundo irreal, fantástico, como en muchas neurosis, si no por vivir en un no mundo, en el caos, o en un mundo arreal, sin estructura propia de mundo, en un mundo  particular, bizarro y extravagante. Este autismo esquizofrénico es primario y no secundario como el melancólico. El melancólico se retira de un mundo real que ha perdido su dimensión posibilitante. El esquizofrénico ha perdido el mundo, al menos el mundo real, compartido por su sociedad y fundante de los juicios de realidad.

Relación con el Typus melancholicus:

La “ordenalidad” (die Ordnunglichkeit) descrita por Tellenbach como esencia subjetivo-objetiva del modo de existencia depresiva, el “tipo melancólico”, prefigura una ontología que condice con lo descrito, y prefigura una mentalidad, una forma mental, acorde con dicha ontología, especialmente si agregamos la característica de la “hipernomia”, descrita por Kraus para los mismos depresivos.

Una ontología, repito, es un campo de realidad estructurado coherentemente. Ahora bien, hay muchos tipos de estructura. La vida y lo vivo implican una estructura orgánica, una organización, pero no un ordenamiento.

Organización es una correlación sistemática propia e interna, en este caso a la vida misma, que es auto-constructiva, auto-generadora de la propia estructura, que se despliega apropiativamente, incorporativamente en su relación con el medio. Es el despliegue de la propia estructura de una planta, y es el desenvolvimiento de la estructura comportamental propia de una especie animal en su nicho. La estructura de la vida, tanto anatómica cuanto comportamental, no se constituye desde fuera. Este es el caso, en cambio, del ordenamiento, de una estructura de orden, la cual se constituye por la imposición extrínseca de correlación de sus elementos desde criterios externos, que constituyen (co-instituyen) la disposición estructural, sometiendo los elementos a principios universales o genéricos.

Una planta crece orgánicamente en dirección a la fuente de luz, pues de ella vive, sea aquella la ventana o el cenit en la naturaleza. Un tutor (varilla muerta) obliga a la planta a crecer verticalmente según un orden geométrico, ajeno a la vida. Los libros están organizados cuando están situados al alcance de los ojos del lector según la relación intrínseca de adecuación temática al real interés de ese lector en ese momento. Los libros están ordenados en las estanterías según criterios bibliográficos, estéticos o costumbristas, y su colocación, en el mejor de los casos está constituida por la serie numérica. El libro situado al alcance de los ojos cobra vida; colocado en el llamado -ordenancistamente-  “su sitio” está muerto.

Estos dos ejemplos señalan, para nuestro caso, el esencial sentido vital de la organización y el sentido desvitalizado y desvitalizante del orden puro. En nuestra actual vida habitual combinamos ambas estructuraciones, pero lo sano es que el orden esté al servicio de la autoorganización de la vida. Las personalidades depresivas no lo viven así, tendiendo a someter la espontaneidad de la vida a un ordenamiento preestablecido extrínsecamente, ya que ellas perciben que el mundo constituye una ontología estructurada sólo desde el orden. Un mundo sin orden es para ellas un caos invivible, que carece de lógica operativa. El mundo de vida de estas personas es esencialmente un mundo con un orden rígido, impuesto como obligación a las cosas y al comportamiento. Este es un mundo básicamente desvitalizado, prefigurando lo que constatamos plenamente ontologizado en la Melancolía.

La “hipernomia”, por otro lado, señala expresamente la predominancia en estas personalidades del “nomos”, de los criterios normativos del deber ser, que obliga a ordenar la propia vida desde conceptos ideales o modelos sociales, en detrimento de la organización apetitiva del ser de la vida y tendiendo a anular la libertad autonómica de la propia persona. El resultado es una vida impropia, enajenada, inapropiada a esa persona, una vida impersonal. En la ontologización melancólica resulta un mundo geometrizado, muerto, ajeno a la vida, ya no es un “mundo de vida”. Correlativamente el sujeto es impotente, inactivo, paralizado, también muerto como persona, como sujeto independiente libre y autónomo.